Salí de mi casa decidido a hablar con ella.

Caminé hasta la estación del tren y esperé por unos minutos mientras la máquina se acercaba lentamente a la terminal. Las personas que esperaban la locomotora comenzaron a levantarse de las incómodas bancas metálicas y caminaban hacia el borde de la plataforma donde en minutos, se abrirían, por unos segundos, las puertas de los vagones que los llevarían a su destino del día.

Mi destino: la búsqueda de la felicidad. O el amor. Algunos dicen que es lo mismo.

Por fin llegó la máquina y las puertas se abrieron para dejar bajar a los recién llegados y permitir el ingreso de quienes desean partir de ese pueblo aunque sea por unas horas. Un día normal de tren, un sábado especial para mí.

Me siento en un rincón alejado del tercer vagón del tren. Desde ahí, puedo dedicarme a mi  pasatiempo favorito cuando debo viajar en tren: mirar a la gente.

Una chica, no mayor de edad juega con su cabello mientras lee un libro. Sí, un libro. No una revista barata ni una historia rosa de vampiros. Uno de los libros más representativos de la obra de Mario Vargas Llosa. “Padres, lo están haciendo bien”, pienso.

Un par de asientos más adelante, un hombre de traje mira de un lado al otro del vagón, parece que busca a alguien más, como si esa persona debía abordar en esa estación y no lo hizo. Parece aflijido, pero más que eso parece asustado. Tal vez no conozca esta ruta del tren.

Por último (es temprano y además es sábado, no hay muchas personas), una madre y sus tres niños, al parecer van rumbo al campo de fútbol soccer de la ciudad, puesto que, los pequeños viajan ataviados con sus uniformes deportivos y la madre carga una pelota, botellas probablemente llenas de algún tipo de refresco o agua y grandes bolsos, posiblemente con ropa para el viaje de regreso.

Pasan los minutos y el tren recorre las vías dejando atrás casas, pequeñas granjas, campos de pinos y por último, los primeros grandes edificios de la ciudad.

Llegamos a la estación y como de costumbre, soy el último en salir del vagón. Vuelvo a pensar en mi misión de hablar con ella hoy y camino hacía las escaleras que me llevarán hacia la salida principal de la estación.

Distraído, no vi a esta persona y chocamos casi de frente. Golpeo con mi hombro su rostro y su pecho y el caballero con el que colisiono me toma del brazo para no perder su equilibrio y nos quedamos desorientados por unos segundos.

“¿Se encuentra bien?”, le pregunto. “Lo lamento mucho. Estaba pensando en otras cosas y no tuve cuidado al entrar a las escaleras. Mis disculpas”.

El hombre me miró, me dio unas palmadas en el brazo, sonrió y sin mediar palabra alguna, caminó en la dirección opuesta a la mía. Fue en ese momento que noté que era el mismo sujeto de mi vagón. El hombre que se veía angustiado y asustado. Tipo extraño sin duda.

Proseguí a salir de la estación. El frío en la calle presagiaba lluvia. Sería la primera de la temporada. Metí mis manos en los bolsillos de mi jacket y sentí algo en el interior de uno de ellos.

Era un papel: pequeño, gris, arrugado, como metido a la fuerza. Lo extendí y descubrí que tenía algo escrito. Se leía: “Ve a la biblioteca. Estante D, fila 28, libro 1986, página 10.”

“¿Qué?” pensé. ¿De dónde salió este papel? Parece nuevo, pero, definitivamente no es mi letra y la jacket fue recientemente lavaba en la tintorería, por lo que cualquier artículo de papel en el interior habría sido destruido o los encargados de la tienda me lo hubiesen entregado cuando fui a retirar mi ropa.

“No creo que…” “No, no tiene sentido” “¿El tipo raro?”, pensé. ¿Sería que este tipo lo metió en mi jacket cuando chocamos?

Pero bueno, hoy tengo una misión y no tiene nada que ver con un extraño papel que no significa nada y que probablemente venga de un sujeto que simplemente nunca antes había visto en mi vida.

“¿Ir a la biblioteca hoy?” me dije a mi mismo. Me queda de camino a la casa de ella, pero igual, no tiene sentido. ¿Para qué ir? Mejor ignorar todo esto. Pero…

Al llegar a la biblioteca, consulté inmediatamente por el estante D. La encargada del lugar me guió y me ayudó a buscar el misterioso libro bajo el número “1986”, que luego de 15 minutos de búsqueda entre más de 50 libros incorrectos, apareció.

El libro se llamaba “Fragmentos de fe” y era una colección de poemas e historias cortas de un tal Abraham H.S. que al parecer había escrito varias novelas de ficción y libros sobre la historia de la ciudad y sus orígenes. Periodista y embajador del país en distintos momentos de su vida.

Abrí el libro en la página 10 y encontré un pequeño poema:

Consecuencias

Te amo como nunca he amado

No hay nada que no te haya entregado

Eres mi razón de ser y de vivir

Mi mundo sin ti no puedo concebir

Te pensé siempre a mi lado

Sin saber que mi propia tumba había cavado

Aquel expreso polar no avanza más

Y de mis brazos vos pronto te irás

Los niños en mi mente, no crecerán

y tu nombre junto al mío ya no rimará

Yo no soy digno de tu magia

y ahora sólo habitas mi nostalgia

No puedo evitar por siempre amarte

pero no puedo pretender por siempre amarrarte.

No supe estar a tu altura.

Mis errores me han traído sólo amargura

No te marches de mi lado

No me dejés frío y abandonado

Mi corazón late por el tuyo

pero no más que mi estúpido orgullo

8 de septiembre ‘08

Terminé de leer el poema y no comprendí nada. ¿Por qué el tipo quería que leyera esto? Un poema de desamor que al parecer el escritor dejó pasar una gran oportunidad con alguien o que más bien, la tuvo y la arruinó. Soy malo para la poesía.

Devolví el libro a su lugar en la estantería y tras pasar por el puesto de control en la entrada de la biblioteca donde se aseguraron de que no salía de ahí con alguno de sus preciados libros, seguí rumo a la casa de ella, retomando mi misión original de este singular sábado.

Primero lo del cereal y ahora este incidente que me llevó directo a la biblioteca.

Sin embargo, mientras caminaba, comenzó a llover. La primera lluvia de la temporada que venía de improviso. Corría sin rumbo hasta que vi las grandes puertas de hierro de la iglesia. Corrí hacia el atrio con el fin de buscar refugio allí. Pensé que estaba solo pero luego noté a una joven que había tenido la misma idea que yo y buscó refugio en ese lugar.

El golpe con ese tipo en la estación cambió mi destino ese día, lo que no sabía era de qué forma…

Leer: “Las Flores del Sargento”.

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