“Vamos. Ven conmigo”

“¿Para qué? Mejor volvemos a casa. Imagino que querrás estar con tu familia.

“No. Prefiero caminar y caminar. Ir hasta donde nunca había ido antes. Ven conmigo, no voy a cambiar de parecer. ¿Me acompañas o no?”

No me iba a resistir. Simplemente quería ser la voz de la razón en estos momentos de locura.

La amaba. Por años compartí con ella. La conocí en la universidad, no estudiábamos lo mismo pero el destino se encargó de darnos motivos para estar cerca el uno del otro. Nuestros temas, nuestros gustos, nuestras conversaciones eran momentos únicos e irrepetibles con cualquier otra persona. Lo intenté pero no pude sacarla de mi mente.

“Pero si me vas a acompañar, debes por lo menos hablar. Estas muy serio, Sergio” me dijo.

Debo disimular. No me atrevo a abrirle mi corazón. Ni siquiera en este día.

“Perdona, estaba pensando. Ya sabes, hoy es un día para pensar en todo y en todos, Diana” le dije sin querer sonar melodramático ni temeroso.

“Es exactamente por eso que debemos caminar. Ver el mundo que tenemos. Disfrutar todo lo que tuvimos. Vamos, concentrémonos en esto, concéntrate en mí”, dijo Diana sin sospechar que eso era lo que hacía desde el día que la conocí.

Nunca me atreví a decirle lo que sentía, tenía tanto miedo de perder nuestra peculiar “amistad” que no podía arriesgarme que al revelar mis verdaderos sentimientos, ella decidiera distanciarse y dejarme sin su presencia en mí día a día.

“Sabes, Sergio, cuando nos dijeron que nos preparáramos entré en pánico, lloré, pero después comprendí que la solución era hacer lo contrario”

Ella siempre tan soñadora. “Eso es lo que más me gusta de ti”, sos tan positiva.

“¿Lo que MÁS te gusta de mí?”, ¿y es que te gusta algo más de mí?

Mi corazón olvidó su ritmo. Perdí un latido. Mis ojos se abrieron más de lo normal; estaban abiertos pero no veía a la gente que corría a nuestro alrededor ni ponía atención a las noticias que aparecían en las pantallas electrónicas de los grandes edificios.

“Es un decir”, le dije mientras me buscaba tiempo para pensar en una mejor respuesta.

“Yaaaaa… OK.” Diana siguió caminando un poco más rápido.

Seguimos por el camino que nos lleva al centro de la ciudad. Habíamos estado ahí mil veces, siempre de camino a la universidad. Recuerdo la primera vez que la vi fuera de clases y cómo parecía que no podría haber otra mujer que lograra que un sitio tan insípido como el parque en el centro de la ciudad cobrara vida y tuviera algún significado, al menos para mí.

“Recuerdas que la primera vez que vinimos aquí llevábamos meses siendo compañeros. Vos te acercaste a mí, yo iba hacía la universidad y se me cayeron unas cosas. ¿Lo recuerdas? Esa fue la primera vez que te vi, o que te puse atención, siempre te veía de pasada pero nunca nos hablamos” dijo Diana.

Lo que ella no sabía es que yo la noté desde el primer día de clases. Era imposible no hacerlo. Era hermosa, irrepetible, el tipo de mujer que se conoce una vez y el resto de personas que uno conoce se clasifican en que tan similares o diferentes son a esta mujer.

Su cabello café, sus piernas largas; perfectas, su forma de vestir, su gusto por los libros, la música, el cine. Era como diseñada para mí. Nunca pensé conocer a alguien así.

“¿Vos? ¿Cuándo me viste por primera vez” me preguntó Diana.

“Desde el primer día de clases. Te sentaste con tus amigas en la parte de atrás del aula, reías y hablaban de lo que hicieron en la clase anterior”

“¿En serio recuerdas todo eso? ¡Fue hace meses! ¿Cómo lo recuerdas si ni siquiera nos hablábamos no nos habíamos conocido en serio?”

“Pero quería conocerte. No sé, algo me llamó la atención y me enganché en lo que hablaban”, le dije.

“Claro, lo entiendo pero me sorprende que aún lo recuerdes.”

“No podría olvidarlo, ni el primer día que te hablé, aquí mismo cuando te ayudé a recoger los papeles y los carteles que se te cayeron aquí mismo”

“Qué lindo, gracias por recordar esas cosas. Lindos recuerdos antes de irnos.”

“Me gustas desde hace tiempo. Me encantas, sos la mujer más bella que conocí”.

Creo que la noción de no enfrentar las consecuencias de mis palabras y el hecho de que no tendría que esperar para ver si esas palabras alejaban a Diana de mí me llevaron a decir lo que sentía sin más rodeos.

Sus mejillas tomaron un color rojo, bajó su mirada pero sonrió.

Diana dio dos pasos hacia mí y rodeó mi cuello con sus brazos. Coloqué mis manos en su cintura y nos abrazamos separándonos así del mundo a nuestro alrededor; olvidando así que en unas pocas horas el cometa que cambió de curso y que se redirecccionó a la órbita de la Tierra, acabaría con la vida como la conocíamos.

Pero nada de eso importaba ahora. Porque hoy, viví. Me atreví a hacerlo y si tengo que morir, será con la alegría de haber obtenido la respuesta a la pregunta que por meses me robó la tranquilidad: ¿vale la pena arriesgarlo todo por una ilusión? Incluso ante el inminente fin, lo vale.

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