El ritual

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Por años, la pequeña Elena se había sentido marginada por las mujeres de mayor edad en su familia. Pero esa tarde, decidió que todo cambiaría de una vez por todas y que a partir de ese momento la tendrían que respetar como una mujer más dentro del grupo social que se había formado alrededor de ella pero que no la incluía.

Elena, de apenas cinco años de edad, se sentó en la alfombra situada entre la chimenea de la casa y los sofás que, en minutos, serían ocupados por las mujeres a las que había decidido impresionar aquella tarde, en busca de la aprobación que la llevara a formar parte de aquel grupo de rigurosos rituales.

Jugaba con sus muñecas mientras que una a una, las mujeres de su familia comenzaban a llegar a la casa, donde eran recibidas por su madre, la habitual anfitriona de tales reuniones. Elena, las miraba de reojo y apenas levantaba la cabeza cuando escuchaba su nombre en los labios de quienes ingresaban a la sala de su casa.

Se mostraba “distraída” ante la mirada de las mujeres, inmersa en sus juegos. Sin embargo, la verdad era que Elena prestaba total atención a lo que comenzaba a ocurrir a su alrededor. Sabía que si quería impresionarlas, debía aprender sus rituales a la perfección y poder cumplirlos a la perfección si el momento llegaba.

El momento iba a llegar. Ella lo sabía porque ella lo iba a crear. De una forma u otra, ella dominaría aquellos rituales y se convertiría en una más del grupo de mujeres que cada sábado, después de sus semanas de trabajo universidad, se reunían para “mantener el contacto” según solían decir.

La sesión comenzaba a desarrollarse como de costumbre.

Las mujeres hablaban de distintos temas de los cuales Elena no podía entender mucho. “Préstamo”, “gimnasio”, algo con el jefe y las zorras del trabajo del marido, que al parecer trabajaba en un zoológico y nunca la habían llevado. Además, mencionaban el hecho de ir al “cinecólogo”. Probablemente a ver alguna película, lo cual, sería imperdonable que no la llevaran tampoco.

Además de conversar, las mujeres ahí reunidas tomaban y comían diferentes cosas como agua o una tacita de agua más pequeña con una bolsa sucia en su interior. Elena no podía comprender como alguien metía esa bolsa sucia en una pequeña tacita y luego de sacarla, beber el contenido que en un momento fue agua caliente y ahora tenía un color cafezusco, pero extrañamente un olor muy agradable y relajante.

La prima, ante su consulta, le comentó a Elena que era “manzanilla” y que a veces lo tenía que tomar al final de mes para asegurarse de algo. Elena pensó que probablemente era algo de comprobar que esas bolsas sucias se pudieran meter al agua o si ya debían botarse como su mamá siempre botaba la comida que se hacía “mala” y “atacaba a las personas”.

Probablemente su prima no quería que esas bolsas, ya malas, atacaran a alguien más de la familia. Ese era un ritual para otro momento, ya que, su mamá no permitía que le dieran de beber esas bolsas porque decía que el agua estaba muy caliente y que podrían tener otros efectos.

Elena no entendía pero la verdad, no estaba interesada en las bolsas de “té”, sino, en lo que estaba por comenzar en aquella sala. Su momento había llegado.

Las mujeres comenzaron a leer.

Unas leían revistas, otras leían unas hojas sueltas mientras que un par leían libros. Todas se veían concentradas en lo que leían y muy de vez en cuando volteaban a verla jugar o revisaban sus teléfonos celulares.

Elena estaba preparada para ese momento. Lo había estado esperando por días y para ello, había traído con ella su libro de colorear favorito y lo había escondido detrás de la casa de sus muñecas, en caso de que no le permitieran tomar una de las revistas que estaban en la sala como ya le había sucedido cuando su hermano mayor la sacó de su cuarto por haber encontrado unas revistas que él tenía debajo de la cama.

Luego de varios minutos, Elena estaba segura de que había logrado descifrar el ritual más importante de todos. Debía serlo, puesto que, todas lo hacían siempre, antes de voltear una página. Las miró con más atención por unos minutos y confirmó sin duda alguna la conclusión a la que había llegado. Ese debía ser el ritual más importante.

La niña colocó, detrás de su espalda, las muñecas con las que jugaba y se estiró para tomar el libro de colorear que estaba a un lado de la casa de muñecas.

Sin pensarlo mucho ni buscar una página en especial, Elena comenzó su iniciación. El ritual había empezado.

La pequeña llevó su mano derecha a su boca y con la mano izquierda pasó la primera página. Miró a su alrededor y nadie parecía haber notado el evento que estaba ocurriendo ante el “nacimiento” de una nueva integrante de aquel grupo. Elena prosiguió y repitió el patrón.

Por quinta vez, Elena llevaba su mano a la boca, la bajaba y con su otra mano cambiaba la página.

La niña no entendía la necesidad de estar besando sus dedos cada vez que quería cambiar de página pero era lo que podía ver que incesantemente hacían aquellas mujeres. Elena seguía pasando las páginas y besando sus dedos con la mente llena de confusión, incapaz de comprender qué efecto podía tener eso en las páginas o en el tiempo que se dedicaba a “leer”.

Mientras la niña continuaba, vehementemente, pasando una a una las páginas de su libro de colorear, las miradas de las mujeres comenzaron a voltear en su dirección sin que ella lo notara.

Las mujeres sonreían levemente viendo a la niña besar sus dedos pero luchar para tomar la siguiente página de su libro de colorear con la mano opuesta. Las sonrisas comenzaron a convertirse en risas y ahora todas las miradas estaban sobre Elena.

Elena, sin embargo, permanecía sumergida en sus pensamientos mientras que las mujeres se miraban y reían al ver a la niña luchando por cambiar las páginas mientras besaba los dedos de su mano opuesta. Incluso, llegó un punto en su lucha por tratar de cambiar las páginas que parecían adheridas, en el que la niña dejó su otra mano en la boca, inconsciente de que seguía ahí.

De pronto, el aumento en las risas sacaron a Elena de sus pensamientos y al levantar la mirada, pudo apreciar como todas las mujeres en aquel salón la miraban atentamente, con grandes sonrisas en su rostro. Una de ellas, parecía incluso haberla estado grabando con su teléfono celular. Otra decía: “Elena no entiende para que uno hace esto”, mientras humedecía sus dedos con sus labios y pasaba la página de la revista que sostenía aquella tarde.

La niña no lograba entender el porqué de las risas de aquellas mujeres. No entendía cómo su propia familia, su propia sangre se reía de ella. Sin embargo, lo que más le dolía no era el hecho de que se burlaran de ella, sino la irrefutable realidad de que jamás se ganaría el respeto de aquellas mujeres y que sus oportunidades de entrar a aquel grupo se achicaban con cada carcajada que escuchaba.

No obstante, de pronto, las mujeres se acercaron a ella y su madre, miembro fundadora y anfitriona de cada encuentro, la alzó y la abrazó en un gran gesto de cariño y reconocimiento que no esperaba sentir en ese momento en el que creía perdida su opción de ser tratada como una más de aquel “clan”.

Aquel abrazo, logró disipar todas sus dudas y sin comprenderlo, se sabía “aceptada”. No entendía cómo ni porqué había sucedido, pero mientras su madre la cargaba, la mirada de sus hermanas y demás miembros de su familia la cubrían con la aceptación que buscó por meses.

A partir de aquella tarde, pensó Elena, ella se había convertido en una mujer.

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