“Entonces… ¿es una promesa?”

“Sí, lo es. Lo prometo”.

Por extraño que parezca, ella y yo nos conocemos desde hace tiempo atrás pero hasta las últimas semanas hemos construido algo que se pueda llamar una relación. La vida no es lo que se planea y lo que se planea, a veces, no es vida.

Ahora hablábamos, reíamos, compartíamos muchos gustos en común y habíamos salido ya un par de veces. Una de ellas, la noche en la que hicimos nuestro pacto. Un pacto que nació sin pensarlo pero que marca perfectamente quienes somos y qué queremos ser.

La primera vez que nos vimos fuera de nuestra rutina, la primera vez que fuimos sólo “ella y yo”, la primera vez que el mundo quedó atrás y sólo éramos nosotros, nuestra velada estuvo marcada por un frío helado que llenaba el aire acompañado de fuertes vientos típicos de la época de inicio de año.

Sin pensarlo, sin pedirlo y mucho menos sin evitarlo, hicimos que nuestros abrazos se encargaran de disipar el frío y que el calor de nuestra cercanía se encargara de mantener a raya el gélido efecto de los vientos de temporada. Además, el hipnotizante olor de su cabello me hacía querer tenerla entre mis brazos a cada instante y no  dejarla apartarse de mí mucho tiempo. Para ello, utilizaba a nuestro frío acechador; el viento, como excusa para rodear su cuerpo con mis brazos y descansar mi rostro cerca del suyo.

Pero el elemento que marcó la noche apareció unas horas después en el firmamento. Una espectacular luna llena bañó cada centímetro del pequeño bosque urbano que nos acompañaba. Nosotros, sentados en un pequeño tronco que alguna vez fue miembro  vivo de este bosque, contemplábamos como las nubes viajaban a gran velocidad por el cielo mientras el viento soplaba cada vez con más vehemencia.

“Me parece un caballo sobre una nube” dije. Habíamos empezado a buscarle formas a las nubes para distraer nuestras mentes del frío y tal vez de la inesperada situación que nos tenía juntos, solos, abrazados y disfrutando de la noche, algo que jamás imaginamos hacer realidad.

“¡Pues obvio que va en una nube! ES una nube.” dijo ella con una sonrisa en sus labios y una mirada tierna que invitaba a jugar y mantener la conversación con más bromas sobre el tema.

“Yo sé que es una nube”, dije. “A lo que me refiero es que parece un caballo que cabalga sobre algo más”, comenté con un aire de falso enojo, como retándola a ver quién tenía la razón en una discusión sin más sentido que llevarnos a culminarla en un gran abrazo que se extendería por el resto de la noche.

Los días continuaron su paso habitual y comenzamos nuestra rutina diaria, la cual nos llevó a conocer un año atrás. La noche de aquella espectacular luna marcaba la última noche de nuestras vacaciones y ahora, el mundo “adulto” y la rutina nos marcaba la línea de lo que sería nuestro día a día hasta nuevo aviso.

Ahora, cada quien con sus obligaciones y con un mundo de distancia al cual responder y el cual no tiene idea de lo que sucedió bajo aquella brillante y dominante luna de un 6 de enero.

Nos volvimos a ver. Muchas noches pasamos unos momentos juntos y el viento, testigo, compañero y cómplice del inicio de nuestro inesperado viaje, volvía a ser la excusa perfecta para que constantemente buscáramos espacio en los brazos del otro.

Cada una de esas noches, compartimos más, nos conocimos y nos acercamos a lo que en nuestras mentes no era más que un imposible y un juego del destino que parecía abrirse frente a nosotros en el momento menos planeado de nuestras vidas.

A pesar de que nos hemos acercado más de lo que alguna vez pensamos (o soñamos), ambos mantenemos una distancia clínica y matemáticamente calculada en cuanto a ciertos temas. Sabemos que nos encanta estar juntos y que el tiempo y el entorno se disuelven mientras estamos juntos.

Durante el día, nos acompañamos y somos nuestro escape de la rutina que nos absorbe, nos devora y nos ata a una realidad que procuramos cambiar en el corto tiempo. Es decir, nos hemos convertido en un complemento en la vida del otro y disfrutamos cada instante y sentimiento que eso provoca en nuestro ser. Pero, ¿qué somos? El título está pendiente.

“¿Te gustaría salir conmigo el próximo fin de semana?” le pregunté. Aterrado por la idea de ir un paso más allá de lo que ella pudiese estar esperando de mí y con la amenaza constante y latente de su rechazo.

“Sí. Si me gustaría”, respondió ella y mi corazón retomó su ritmo normal, el aire volvió a fluir en mis pulmones y el reloj continuó su inexorable marcha: De nuevo, seremos solo ella y yo. Otra vez en un escenario planeado para los dos pero con resultados difíciles de pronosticar, ya que, su aceptación podría ser mera cortesía y nada más.

Ese bendito fin de semana llegó. Ella se hizo esperar lo cual ponía de punta mis nervios y me hacía pensar todo tipo de escenario en mi mente en el cual ella iba a cancelar de último momento. Por suerte, nada de eso sucedió.

Por fin ella llegó y con un abrazo, comenzamos la noche que sin saberlo, sería el segundo capítulo oficial de nuestra historia. La historia de la cual no sabemos el final, ni el título ni el papel de sus protagonistas: nosotros.

 “Hoy te llevaré a mis dominios. La primera vez que salimos vos me llevaste a un lugar especial para vos, yo intentaré hacer lo mismo hoy.” le dije mientras caminábamos en ruta a nuestro destino.

La noche repetía algunos elementos: frío, fuerte viento, el manto oscuro del cielo decorado con todas las constelaciones posibles en ese rincón del planeta y la luna. Hoy, una luna que va perdiendo su forma total y le da paso a la segunda de sus caras durante el mes.

Ambas noches tuvieron una curiosa similitud: comenzamos en un lugar y terminamos en otro. Nuestra primera… “¿cita?” conversábamos en un playground cerca de su casa cuando el encargado de cerrar el lugar nos dijo que teníamos que salir y fue así que llegamos a aquel glorioso bosque donde la luna nos cubrió en cada uno de nuestros abrazos.

Esta noche, se repite la historia, ya que, el sitio al que fuimos, un lugar donde las personas practican deporte y es propicio para sentarse a hablar y disfrutar la noche con mucha tranquilidad, iba a ser cerrado pocos minutos después de nuestra llegada. De nuevo, a repensar la noche.

Caminamos un par de minutos hasta que recordé otro lugar al cual voy cuando quiero estar sólo y pensar. No un lugar para invitar a alguien y mucho menos para llevarla a ella. Jamás a ella. Nunca lo hubiese pensado. Sin embargo, a ella le agradó la idea y sin saberlo, fue el lugar perfecto para salvar nuestra accidentada velada.

Llegamos a un terreno utilizado como depósito de materiales del municipio donde vivo. Así que, el sitio estaba lleno de montañas de piedra y arena así como enormes tubos de concreto que en un futuro dormirán debajo de las calles de mi ciudad. Por ahora, yacen erguidos en este terreno semi-abandonado.

Tuvimos la idea de escalar a la cima de la montaña de piedras más alta y ahí nos sentamos a disfrutar la noche. Cerca de nosotros, una fiesta llenaba el aire con la sonoridad de su música en un pequeño salón aledaño al lugar donde ahora contemplábamos el panorama citadino y en el que la oscuridad, profunda por la falta de iluminación artificial, nos brindaba una protección y nos escudada ante las demás personas que ignoraban nuestra presencia.

En la parte más alta de este lugar, hablamos, reímos, bromeamos, jugamos y con el paso de los minutos, los abrazos volvieron a ser los protagonistas de nuestra noche. Una vez más, el viento y el frío se convirtieron en los cómplices perfectos para buscarnos entre los brazos del otro.

Las nubes dominaban el firmamento y no lo habíamos notado, la temperatura seguía bajando y la noche se hacía vieja. Nosotros, seguíamos sentados en lo más alto de esa improvisada montaña de piedras con la única misión de mantener el frío a raya mientras compartíamos energía calórica por medio de nuestros abrazos.

Entrada la noche, apareció de nuevo la testigo más grande de nuestra esperada velada: la luna. D nuevo, el solitario satélite nos cubría, pero esta vez no en su totalidad sino mostrando su cara menguante.

Fue en ese momento que la noche, sin saberlo nosotros, completaba todos sus simbolismos. Fue en ese momento que todos los elementos se alineaban para recordarnos el motivo por el cual estábamos juntos, incluso si nosotros mismos lo ignorábamos.

“Mira. Ya salió la luna”, me dijo. Yo la había notado pero estaba impactado por el frío y el hecho que acababa de percatarme lo mucho que disfrutaba el olor de su cabello.

“Cierto. Esperemos que las nubes nos dejen verla tanto como la vez pasada. Aunque esta vez, ya no es una luna llena”, comenté.

“Tienes razón. Es nuestra segunda luna en la segunda salida que hacemos”, mencionó ella.

“Sabés algo, ¿Qué te paree si hacemos un pacto aquí mismo?”, le dije. “¿Qué te parece si buscamos nuestras cuatro lunas?” concluí.

“¿Cuatro lunas?” me cuestionó ella con una mirada dulce que me hizo pensar que sí sabía lo que yo le proponía pero que esperaba escucharlo de mí.

“Te propongo que la próxima vez que salgamos, lo hagamos en luna nueva y más adelante, en cuarto creciente. Así, completaremos las “cuatro lunas” o sus cuatro fases. Cada noche, puede ser tan diferente o tan similar a las dos que ya tenemos, pero lo que debe estar ahí es la luna o en el caso de la luna nueva, debemos vernos el día específico que esa fase esté en su punto más alto. ¿Qué me dices?”, le pregunté.

Con su mirada fija en la mía y una sonrisa en sus labios aceptó el pacto.

Pero esta vez, no fue un abrazo el que selló nuestro pequeño juramento. Esta vez, nuestras miradas nos llevaron más allá. Fue bajo el amparo de nuestra segunda luna que llegó algo tan inesperado como la velada misma: un beso. Nuestro primer beso.

“Entonces… ¿es una promesa?

“Sí, lo es. Lo prometo”.

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