Reprise/Reset/Rewind/Regret

Las segundas partes nunca son mejores que las originales. Es una idea que siempre he tenido clara aunque generalmente no soy de esos que “practica lo que profesa”. A lo largo de mi vida he tenido las oportunidades suficientes para no mentirme a mí mismo y demostrar que puedo ser un hombre de palabra, sin embargo, me he probado como un hombre de impulsos, caprichos y anhelos peligrosos que no me dejan ser honesto con el tipo que me acecha día a día desde el espejo.

Mi camino comenzó desde muy pequeño cuando mi abuelo y mi padre decidieron mi vida por mí sin que yo tuviese la mínima sospecha de ello.

Luego de dedicar sus vidas al cuerpo de policía, y por años llenar las cenas familiares de anécdotas, misterios, casos, y sus grandes victorias, ambos esperaban que el primer nieto de la familia siguiera la famosa “herencia” familiar que ya era parte de la historia de la ciudad.

Como forma de cumplir “su” sueño y no renunciar al mío, decidí entrar a la academia. Ahí, aprendí todo lo básico para ser como ellos y que no me hicieran a un lado en las cenas, fiestas y reuniones familiares, como lo hicieron por un tiempo cuando les dije que mi sueño era ser abogado y no policía.

Esos si fueron días malos en mi familia y lo peor, para un adolescente de 16 años, era pensar que la culpa de que las cenas familiares cada vez fueran menos, que las fiestas se suspendieran por una u otra razón y que su abuelo dejara de visitar su casa era única y exclusivamente suya. Mucho peso sobre los hombros de un “niño”. Salir a la defensa de una “herencia” que él ciertamente no pidió, que respeta, sí, pero que no llena su vida porque simplemente viene con una maldición más que con una recompensa.

Y es 45 años después que puedo, finalmente, ver como esa maldición me azotó a lo largo de mi vida.

Malos noviazgos, un matrimonio fallido, una hija que no le importa si existo o no. El típico cliché de las profesiones sin horario de oficina como los doctores, enfermeros, policías, periodistas. Es curioso ahora que lo pienso; son profesiones que lucran con la muerte ajena. ¿Será que la maldición es una clase de castigo divino?

Jamás olvidaré que el primer caso en el que participé fue un atroz crimen donde unos mafioso entraron en una iglesia y mientras una pareja estaba a punto de casarse, en lo que debía ser el día más feliz de sus vidas, los delincuentes asesinaron a la novia.

Nunca supe el por qué, realmente, pero con los años, la historia se convirtió en una leyenda urbana y al parecer la novia fue enterrada en la misma iglesia y el novio fue a incontables guerras y cuando volvió, su sano juicio no viajó de regreso con él. Dicen que enloqueció con la guerra, pero ni los horrores que el hombre puede cometer en nombre de una bandera o una ideología pueden borrar de la memoria la tragedia de ver a la mujer de su vida asesinada frente a sus ojos.

Tras esos 45 años, llegó el momento de retirarme, de disfrutar mí tiempo libre y una etapa de mi vida en la cual podría ver el mundo sin todas las tragedias y el odio que alimentan las morgues día con día.

Pero como mencioné antes, no soy bueno escuchando mis propios consejos y decidí comenzar una segunda etapa. Sólo que esta vez pensé que sería diferente. Esta vez me dije a mi mismo que no sufriría los tormentos del pasado ya que las reglas las ponía yo.

Abrí mi propia oficina de investigación privada e inicié con casos de toda naturaleza: tipos que engañaban a sus esposas, tipos celosos que creían que sus esposas los engañaban, autos desaparecidos, dineros desviados, sospechas de estafas, todo es tipo de “pequeños” casos que no incluyeran sangre o violencia, aunque de vez en cuando dos sujetos se peleaban por una mujer, o mi favorita, dos mujeres peleando por un sujeto que al final, entraría a su automóvil y se marcharía dejando a las dos mujeres con la nariz rota, las rodillas raspadas y la roja destrozada.

Mi reputación como investigador y mi pasado como policía, además de la “herencia” de mi familia me convirtieron en el investigador más popular y en demanda de toda la gran ciudad. Mi nombre creció tan rápido y con tal fuerza que atrajo la atención de todos… incluso de algunos individuos a quienes alguna vez llevé en el asiento trasero de mi patrulla.

Varios criminales o “ex-criminales” como ellos pretendían presentarse ante mí, tal vez con la esperanza de que hubiese olvidado sus nombres, sus rostros o las acciones por las cuales alguna vez tuvieron el frío metal de mis esposas en sus muñecas.

Desde que la idea de colocar este negocio privado entró en mi mente, mi primera regla fue que JAMÁS trabajaría para personas de dudosa reputación o en casos en los cuales mi trabajo ayudara a que alguien más sufriera o incluso fuese asesinado. Incluso, hasta tomé casos para encontrar cachorros o gatitos perdidos.

Pero este sujeto fue difícil de leer.

Aunque mi instinto me decía que había algo fuera de lugar, algo sospechoso en este hombre, el misterio que lo rodea se llevó lo mejor de mí y tomé su caso sin saber que llegaría a estar aquí y encontrar algo que en 45 años como policía nunca vi y ni mi padre y mi abuelo nunca describieron algo tan grotesco.

Recuerdo cuando llegó, elegante en un traje color vino, que olía a nuevo, portafolio en mano y guantes rojo bermellón. Se sentó donde usualmente se sientan mis clientes; en el pequeño sillón frente a mi escritorio, el cual coloco unos centímetros por encima del nivel del resto de la habitación para proyectar una idea de superioridad y en el que yo estoy en control de la situación.

No obstante, ni eso hizo al hombre verse menos intimidante de lo que se veía con esa vestimenta y sus profundos ojos grises y rosto perfectamente afeitado.

Él me pidió que buscara un baúl. Al parecer, es una herencia familiar (una herencia que el heredero sí aprecia) que data de la época colonial y la cual contenía algo invaluable según me dijo el sujeto, aquella tarde lluviosa.

Lo que no mencionó fue su apellido verdadero ni tampoco el origen de su familia. De haber sabido todo eso, JAMÁS hubiese aceptado este caso. Incluso hubiera cerrado mi negocio y salido de la ciudad por unos días hasta estar seguro que este sujeto escogiera a alguien más para realizar este trabajo tan sucio.

Todavía más sospechoso fue (y lo que debió activar mi nivel de cautela) es que el sujeto no me pidió fecha límite, ni detalles de mis avances ni que me reportara ante él. Simplemente me pidió que localizara su valioso objeto familiar perdido. Tampoco reparó en mis gastos y dijo que el dinero no era problema (¿Cómo obvié una señal así?). Después del apretón de manos, no hubo marcha atrás como ahora, que tengo frente a mí el tiquete, no hay algo que me devuelva la tranquilidad con la que pude cerrar mi vida si hubiese escuchado mi propio conejo y entendido que las segundas partes no son buenas.

Ahora, mi vida acabará en la deshonra. Ya sea pública o personal pero mi honor ha muerto hoy, al completar este trabajo. La herencia de mi familia se caerá en pedazos si cumplo con mi trabajo pero si no lo hago, será el hombre en el espejo quien me juzgue día a día hasta que la tierra me reciba en su eterno abrazo.

La dueña original de este baúl fue conocida como Mary Walcott. Ella fue juzgada y procesada en 1876 por brujería en el primer juicio del cual se tiene documentación en la tierra de Salem, Massachusetts. 139 años después, su bisnieto, sangre de su sangre, Corey Oyer Ipswich, al parecer, quiere rescatar el “legado” familiar.

Por décadas se pensó que Walcott era una bruja, ya que, terribles accidentes y plagas se suscitaban de manera inesperada donde quiera que ella llegara. Pero lo más temible, eran las enfermedades que comenzaban a reclamar la vida de los niños que habitaban en el pueblo en el que ella decidía pasar una temporada.

Al parecer, un hombre, llamado Chadwick Braslaw comenzó a atar cabos y conectaron a Walcott con todos los males en un pueblo llamado Andover, donde fue capturada, juzgada y luego recibió el castigo máximo, el cual era, morir en la hoguera. Ni siquiera pensaron en darle la posibilidad de ser arrojada a un río con una piedra amarrada a su cintura, porque el simple chance de que sobreviviera podría traer más calamidades al pueblo.

Walcott murió y con ella las plagas se detuvieron, pero no para siempre.

Se cree, que su familia siguió sus pasos y aunque nunca más se procesó a alguien del clan de los Walcott, (tal vez porque todos eran hombres) lo cierto es que las plagas y enfermedades que llevaron a la “buena Mary” a morir como pollo en rosticería, siguieron a esa familia pero en periodos de tiempo más distantes, seguramente para no llamar tanto la atención.

Ahora, frente a mí, yace lo que podría ser la fuente de todos los males y la carnicería causada por la mujer conocida como la bruja más poderosa en ser juzgada ante los hombres de Salem.

Un baúl de cobre, casi liso y que pasaría totalmente desapercibido como chatarra de cualquier almacén de abarrotes de no ser por una serie de inscripciones que rodean un pequeño orificio que se hunde en el medio de la tapa. No logro ver cerradura o algún punto en el cual se le pueda meter una llave para abrirlo. Pero si de algo estoy seguro, es que no debo abrirlo.

Debo decidir qué hacer con el baúl. No quiero que el mundo sepa que este instrumento existe y que pueda ser reabierto. Me iré lejos y me llevaré mi reputación conmigo. No sé si quiero que todos piensen que estoy muerto o no. Eso lo decidirá el tiempo. Sólo sé que no puedo volver a ver a este tipo, Ipswich ya que eso significaría no sólo el fin de un contrato, un pacto de caballeros, sino el inicio de un trato hecho siglos atrás pero no entre hombres sino demonios.

Espero tener buena suerte y no permitir que la historia se repita, como debí evitar repetir mi propia historia cuando tuve la oportunidad.

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