Doce horas después el panorama había cambiado mucho de la imagen que Bleak presenció a su llegada a la capital.

En estos momentos, las calles regresan a la normalidad y las personas prosiguen su camino como la mañana anterior y como todas las mañanas que Bleak vivió desde niño junto a su familia.

Aunque odiaba ir de compras con su madre, llevar a su hermana a la escuela y acompañar a su padre a la pequeña zapatería que tenía en el centro de la ciudad, ahora agradece ampliamente el conocimiento adquirido a lo largo de su infancia y adolescencia mientras tuvo más contacto con su familia, o como él lo veía, cuando no tenía más remedio que agachar la cabeza ante la voluntad de sus padres.

Ahora, las caminatas, tomado de la mano de alguno de sus padres, valen sus recuerdos en oro, ya que, puede medir con detalle la “normalidad” o la falta de ella en las avenidas y callejones que deja atrás mientras camina a paso veloz sin mirar dos veces a su alrededor ni a las personas que también ocupan su espacio en las calles intentando comenzar la rutina de su día a día.

Bleak reconoce que el ambiente es perfecto, tan perfecto que le eriza los pelos de la base de su nuca y un extraño sentimiento de vacío, como si frente a él estuviese un rompecabezas a medio armar, le recorre la mente.

Camina dos cuadras más hasta llegar a la gran plaza de la ciudad donde hombres y mujeres se reúnen ya sea a tomar un café, leer el periódico, terminar de maquillarse o simplemente disfrutar de los primeros rayos de sol haciendo ejercicio o disfrutando de la brisa invernal que ya comienza a soplar.

Sin meditarlo dos veces, atraviesa la plaza hasta llegar a la fuente que marca con exactitud el centro del monumental punto de encuentro de los habitantes de la capital. Al llegar a la fuente siente como una manos lo toman por el brazo y sin mediar tiempo para poder voltearse, una dulce voz femenina le susurra al oído: “Sigue caminando, Horus ha caído”.

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