El renacer de Eli

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Despertó.

Desde el primer instante que abrió sus ojos sintió como cada fibra de su cuerpo le dolía y cada músculo protestaba sus intentos por moverse e incluso una leve línea de sudor comenzaba a formarse sobre su frente tras minutos de arduos esfuerzos para levantarse.

A primera vista, era fácil saber que algo andaba mal.

Para su sorpresa, no fue el intenso dolor lo que le advirtió que su situación era extraña, confusa y a todas luces, nada segura.

Ante sus ojos, se podía apreciar un majestuoso árbol que bloqueaba con facilidad su visión del cielo y la posición del sol para, por lo menos, intentar descifrar qué hora era y en que punto cardinal debía enfocar todos sus esfuerzos de movilidad.

Aunque sus ojos fueron los primeros en percatarse de lo anormal de su situación, sus oídos comenzaron a recolectar nueva información, la cual, solamente contribuía a enredar las hipótesis que ya empezaban a tejerse en su imaginación.

Era un sonido fuerte, constante y al parecer, cercano, también era complicado determinar cual sería la fuente de ese ruido, inequívoco espectro de notas musicales que entonaban una melodía que en cualquier otra circunstancia, sería alegre, festiva. No obstante, en estos instantes de confusión e incertidumbre, esas notas resultaban altamente crípticas y tenebrosas.

No cabía en el terreno de las posibilidades lógicas que una flauta, una guitarra y algo parecido a un arpa sonaran en medio de lo que se vislumbraba como un denso bosque.

No obstante, para Eli, su objetivo número uno en ese momento era recordar cómo había llegado a ese sitio, porqué estaba tan dolorida y cómo iba a salir de ahí en el estado en el que se encontraba.

Eli realizó un nuevo intento por incorporarse pero todo lo que pudo hacer fue rodar su cuerpo sobre su lado izquierdo y ponerse boca abajo sobre lo que pudo confirmar como el suelo de un bosque.

El terreno estaba húmedo, cubierto de pequeñas ramas, hojas muertas y pequeñas bellotas provenientes de las decenas de árboles que se propagaban en toda dirección por lo que podía ver en su nuevo rango visual.

Sin poder determinar aún su posición geográfica ni la hora del día, Eli observó sus brazos y sus manos. En su primera inspección, notó tres líneas alrededor de sus muñecas. Marcas que podrían haber sido causadas por algún tipo de cuerda delgada. Ya en un repaso más detenido de su piel, pudo ver un pequeño punto rojo cerca de la articulación de su brazo izquierdo y gracias al color de su piel , pudo distinguir el inevitable moretón que deja en la piel la entrada de una aguja de inyección.

Su corazón comenzó a palpitar de forma acelerada, su ceño fruncido era señal del grandísimo esfuerzo que hacía en ese instante al tratar de recordar qué pasó antes de aparecer en ese bosque, para tratar de recordar qué pudo entrar a su organismo o cuánta de su sangre o ADN pudieron haber tomado. Por supuesto, además de las esperadas preguntas: quién y para qué.

Minutos de un arduo esfuerzo le permitieron a Eli ponerse de rodillas sobre el terreno boscoso y de esa forma fue como sintió el “latigazo” en su espalda como si llevara semanas sin erguir su postura desde una posición horizontal.

Para Eli, nada tenía sentido. A pesar de lo aturdida, desorientada y asustada que estaba, ella tenía claro que solo unas horas antes gozaba de todas las facultades físicas y mentales de una joven de 28 años, sin limitaciones físicas, alergias o ni siquiera el típico resfrío de la época.

Luego de lo que pareció ser 30 minutos de rodillas, contemplando, no el bosque, sino la inmensidad, sumergida en la tormenta que reinaba dentro de su mente, Eli comenzó a ordenarle a su cuerpo encontrar la fuerza motora suficiente para levantarse por completo y ponerse de pie como los extraordinariamente altos árboles que rodeaban su posición, aún desconocida para Eli.

En otro momento, una acción normal y habitual, hoy, para Eli, una odisea de proporciones bíblicas, incluso de implicaciones de vida o muerte: ponerse de pie.

Al fin lo logró y al hacerlo, pudo sentir de inmediato que era observada.

Su respiración agitada inundaba sus oídos y sus pensamientos. Su mente estaba concentrada en mantener el cuerpo en equilibrio para no caer al suelo y echar, literalmente, abajo todo el esfuerzo de casi una hora de lucha contra sus propias capacidades físicas.

Era tal su concentración, que no se percató de que la música que había escuchado desde el momento que despertó en ese extraño lugar había cesado.

En su lugar, se podían apreciar los esporádicos susurros de personas teniendo una conversación secreta. Era sencillo sentir la tensión en el ambiente, incluso en las condiciones en la que Eli se encontraba. Su primer pensamiento es que la razón por la cual la música se detuvo yace justo en sus 1.60 metros de altura. La razón por la cual los murmullos llenas el aire no es otra que ella, de pie, indefensa y observada.

Su cabello rojizo se agitaba con la brisa que comenzaba a soplar por entre los árboles. Con el viento, un leve aroma a humo incrementó su estado de alerta al comprender que más peligros podrían estar rodeándola, haciendo que su gran “victoria” al incorporarse por sus propios medios quede como la peor estupidez de su vida. Al descubierto e indefensa, la incertidumbre le llama a echarse a correr pero no sabe si su cuerpo estará a la altura de la urgencia de su situación.

“¡Ayúdenme!”, dijo una voz de mujer con alarma en su tono. “Esta chica no está bien. Debemos llevarla al campamento”.

Nada pudo hacer Eli cuando unas manos la tomaron por sus brazos y la obligaron a recostarse. Todo el esfuerzo de ponerse en pie a la basura, de seguro la muerte le esperaba y sus últimas energías las desperdició poniéndose de pie para ofrecerse voluntariamente a los brazos de su perdición.

Eli se rindió, su mente y su cuerpo se apagaron.

 

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