Lo encontré en el Mall

“Llevamos dos horas caminando en el centro comercial y no has comprado algo. ¿Será que nos podemos ir ya?”

Estaba irritado. Salir a comprar con mi madre y mi hermana tenía el efecto de eliminar de mi cuerpo todo indicio de paciencia y buenos modales. Incluso, la tolerancia se evaporaba de mi ser, especialmente hoy y tras dos horas de compras fallidas.

“Acabamos de llegar. No te pongas así. Sólo una vez al mes te pido que nos traigas a tu hermana y a mí al centro comercial. No creo que sea tanto el sacrificio de dejar los benditos videojuegos por un par de horas” dijo mi madre con un tono de “recuerda-lo-que-hago-por-ti-todos-los-días”.

La miré resignado por unos segundos. “Está bien. Pero no entraré en más tiendas. Me quedaré aquí sentado. Cuando acaben, me llaman y nos encontramos”.

Con esas palabras y una mirada de total desaprobación, como si mi opinión fuese afectar lo que compra o lo que decide no comprar, mi madre y mi hermana partieron a lo que creo es su misión de ver, probarse y luego rechazar cada una de las piezas de ropa y pares de zapatos que vendan en este centro comercial.

Me senté en un acogedor sofá que, estratégicamente estaba colocado en medio de, por lo menos seis tiendas de zapatos para damas. Imagino que no soy el primer hombre que decide acortar su paseo de compras con una mujer. Tomé mi celular y comencé a revisar mis perfiles de redes sociales.

Comienzo a hacer el acostumbrado scrolling y las fotografías de mis amigos de fiesta la noche anterior, otros de paseo sabatino, uno de ellos hablando de algo raro que le pasó con su cereal, en el desayuno. Otro de ellos relatando una extraña historia sobre un tipo que se encontró en el metro. Todos con vidas interesantes y yo, sentado, con el celular en mi mano y nadie con quien comunicarme.

Guardo el celular en mi bolsillo y miro a la gente pasar frente a mí: familias enteras que caminan por el mal, algunas de ellas en busca de la zona de comidas, otra de prisa porque al parecer ya van tarde a la próxima tanda de cine.

Frente a mí, también caminan grupos de adolescentes que pretenden ser los más simpáticos del lugar, jugándose bromas estúpidas que no sólo molestan a la vista sino que incomodan a varias señoras de edad avanzada.

A la distancia, noto la escalera eléctrica y el desfile de personajes es mayor en ese punto: muchachitas en grupo que probablemente anden buscando grupos de muchachitos para llamar su atención. Parejas que suben o bajan las escaleras besándose como si no existiese otro lugar y momento mejor para hacerlo sin poner en riesgo su seguridad y además de atentar con la paciencia de los demás usuarios de la escalera que deben soportar a los tórtolos repasar las cavidades bucales del otro con su lengua.

Aparto mi mirada de la escalera y miro una tienda de mascotas a unos cuantos metros a la izquierda de donde estoy sentado.

Gracias a los cachorritos de distintas razas de perros y gatos, el sitio es uno de los más populares del centro comercial. Las personas van y vienen, señalan a las ventanas, golpean delicadamente el vidrio esperando llamar la atención de los animales que se encuentran ahí y por lo general, las personas no pasan de la puerta, pero por lo menos el lugar recibe toda la atención en ese pasillo, superando con creces las tiendas de ropa, la farmacia y la tienda de repuestos y accesorios para celulares que compiten en el mismo pasillo.

Me quedé viendo los cachorritos hasta que algo capturó mi atención.

Una pequeña figura atravesó el pasillo a gran velocidad por detrás de la puerta de la tienda de mascotas e ingresó en una de las bodegas del centro comercial. Una figura que, extrañamente no parecía un roedor o un juguete perdido. Parecía un… humano.

Inmediatamente levanté la mirada y mantuve mis ojos atentos, casi sin pestañar, a cualquier movimiento entre la puerta de la tienda de mascotas y la bodega. De nuevo, ahí estaba. Un pequeño ser, de forma humana vestido con un diminuto atuendo gris, del color del piso cerámico del centro comercial. “¿Camuflaje?”, pensé.

El hombrecillo volvió a entrar a la tienda de mascotas. Al ingresar, perdí de vista sus movimientos. Me mantuve atento a la entrada del lugar hasta que varios minutos después, vi una bolsa de alimento para gato que salía sola de la tienda. Obviamente, el hombrecillo estaba detrás de ello.

Mi sorpresa fue mayor, ya que, al retornar a la puerta de la bodega, noté que otro hombrecillo esperaba al primero, y juntos hicieron entrar la pequeña bolsa de alimento para gato y de paso, cerraron la puerta de la bodega sin que nadie notara algo extraño. Bueno, nadie más que yo.

Mi curiosidad se llevó lo mejor de mí y dejé mi lugar en el sofá y caminé hacia la puerta de la bodega. Puse mi mano en el cerrojo y cuando iba a abrir la puerta escuché una voz que me dijo: “Hey, joven. ¿Qué cree que está haciendo? No puede entrar ahí”.

El oficial de seguridad se acercó a mí y me pidió que me alejara de esa puerta. Según él, el sitio no se ha abierto en semanas y nadie tiene la llave, puesto que, desde que se registró el temblor la semana anterior, les ha sido imposible entrar en esa bodega.

“Pero, yo acabo de ver que algo entró ahí. Hace unos segundos. Por eso me acerqué”, le dije al oficial.

“Le aseguro que eso es imposible. Por semanas ha sido imposible y hasta que un inspector no venga y lo apruebe, los administradores del centro comercial no van a forzar la puerta para ingresar. Ya sabe, cosas de la póliza de seguro y eso”, concluyó el oficial.

Decidí dejar el tema ahí para no levantar sospechas y evitar que el oficial decidiera seguirme el resto del día. Menos ahora que tenía que ver de qué manera lograba entrar a esa bodega.

Gracias a Dios por los niños malcriados.

Un pequeño, en un berrinche contra su madre, golpeó y tiró al suelo una maquinita dispensadora de gomas de mascar y con el alboroto, el oficial fue llamado a mantener el orden y asegurar el área para que nadie se cayera por los dulces que rodaban en todas las direcciones.

En ese momento, me mantuve inmóvil junto a la puerta como si eso me fuese a hacer invisible y puse mi mano en la perilla y giré.

La puerta no abrió.

Pero, escuché un golpe que provenía del otro lado y unas voces comenzaron a hablar en un idioma que no pude comprender. Luego, unos sonidos como de máquinas comenzaron a emanar del lado contrario de la puerta en la cual tenía mi oreja pegada, sin embargo, por más que la forzaba, no abría.

En ese instante, un nuevo golpe en la puerta, una fuerza que giró la perilla desde el interior y de pronto, comenzó a temblar.

Las voces dentro de la bodega comenzaron a gritar como en un estallido de júbilo. Como que habían logrado un objetivo. ¿Era el temblor obra suya?

El oficial volvió, pero esta vez me tomó del hombro y me obligó a salir del edificio por el temblor.

En segundos los parqueos y las calles estaban llenos de gente y mi familia estaba en otro sector del estacionamiento, pero sanas. Fue en ese momento, que un sector del centro comercial comenzó a desmoronarse ante nuestros ojos, el sector que incluía esa misteriosa bodega.

——

Según los dueños del centro comercial, luego de las investigaciones y que retiraran todos los escombros, no se encontró a nadie dentro del mal pero lo que más extraño a los investigadores es que ninguno de los animales de la tienda de mascotas resultó herido, ni siquiera levemente y que la bodega al lado de esta tienda estaba completamente destruida sin forma alguna de recuperar lo que estuviera en su interior y que había sido el único lugar del centro comercial en sufrir tal daño.

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