Fue difícil regresar al hotel.

Las calles estaban llenas de agentes; desde el cielo, los globos apuntaban sus potentes luces en todas las direcciones y el toque de queda ahuyentaba a las personas hacia sus hogares, lo cual hacía más complicado mi plan de camuflarme entre la multitud, algo ya de por sí en extremo complejo dada mi condición.

Sin embargo, lo logré.

Desde mi habitación, pude ver los grupos de agentes patrullando las calles hasta la primera estela de la luz de un nuevo día. Los globos, aún con el sol iluminando sus bases metálicas y sus propelas doradas, no dejaban de circular los cielos como buitres a la espera de que su presa caiga rendida en medio de la desolación.

El toque de queda se levantaría a las seis de la mañana. Una idea obvia. Si el enemigo se esconde en uno de los edificios, lo más inteligente es darle la oportunidad de intentar salir y movilizarse donde pueda ser capturado. Pero la movida es tan obvia que insulta mi ego.

A pesar de que nos tomó semanas planear y ejecutar este golpe, jamás pensamos que el Alto Mando notaría tan rápidamente la ausencia de una de sus cápsulas. ¿Será que Doug tiene razón y hay un soplón en nuestra organización?

No quiero pensarlo. Tal vez solo fue suerte, mala suerte. O en el peor de los casos, incluso peor que la traición, el Alto Mando ya conoce el valor de esta cápsula y lo que puede significar en nuestras manos.

Lo único que necesitamos es salir de la ciudad, monitoreada centímetro a centímetro, y llevar la cápsula al cuartel de Horus para dar nuestro golpe final. Si hemos esperado décadas por esto, no creo que alguien se vaya a enojar porque me tome unas horas de sueño mientras baja la paranoia en las calles y los cielos de Kolob.

Tres de la tarde. El clima en la ciudad parece estar a favor de nuestra misión. La lluvia obliga, de forma natural que las personas caminen velozmente y con la cabeza baja. Exactamente lo que necesito para llegar a nuestro punto de encuentro.

Al salir de mi habitación, el corredor del hotel está completamente vacío, lo que me permite tomar el ascensor de servicio para buscar más fácilmente la puerta trasera del hotel. No obstante, lo sencillo siempre me ha preocupado más que lo complejo.

Ya en las cocinas del hotel, salir a la calle por la puerta donde generalmente se saca la basura fue aún menos complicado. Lo que hizo que mi paranoia subiera al nivel de la del Alto Mando la noche anterior. Al salir del callejón trasero del hotel y entrar en una de las calles principales, mis sospechas aumentan: no hay agentes, ni siquiera uno.

Mi corazón se acelera, mis manos comienzan a sudar anticipando lo peor. La calma que se refleja en los rostros de las personas que caminan rápidamente frente a mí no es alentadora sino hasta siniestra. Un despliegue tan amplio de las Fuerzas de Retención no es habitual y menos al punto de ignorarlo como si no pasara. ¿O será que la represión llegó al nivel en el que es mejor hacer como si no se sabe nada para evitar el golpe del maso?

Me atrevo a caminar y lo hago volteando cada dos pasos para asegurarme que no me siguen.

Estoy cada vez más cerca de mi destino. Treinta minutos me separan de la hora establecida para que mi transporte me saque del centro de Kolob y me lleve directo a Mu, donde se encuentra Horus en este momento.

Continúo mi camino hasta que por fin tengo a la vista el hangar al que debo ingresar. La lluvia no solo esconde el sonido de mis pasos acelerados sino el sudor nervioso que cubre mi frente y humedece mis puños. Aún y con el objetivo dentro de mi alcance, siento que algo anda mal.

Tomo mis precauciones. Me detengo a una distancia segura y analizo la zona: nada fuera de lo normal se desarrolla a los alrededores del hangar y en el interior, el total silencio indica que es totalmente nuestro como prometieron los contrabandistas que nos lo alquilaron, cansados de que las Fuerzas de Retención les decomisen todo el “polvo de rosa”, el más reciente alucinógeno del mercado.

Tomo la decisión e ingreso al hangar. Me recuerda a una gran ferretería con estantes cargados de madera, tubería, cajas de madera, láminas para construcción, y un pequeño espacio apenas grande para que ingresen dos camiones pequeños.

Empero, este no es el hangar que busco. Esta es solo la fachada. La forma de hacer creer al Alto Mando y sus fuerzas que nadie se comporta fuera de sus reglas.

Camino hacia los estantes. Según las indicaciones, debo empujar la tercera hilera de cajas de madera y ¡bingo!, con apenas un pequeño esfuerzo el mecanismo de la plataforma hace que las cajas de madera, que a simple vista parecen pesar toneladas, se muevan lentamente con el toque de un dedo para revelar una entrada.

Sin embargo, antes de poner un pie dentro, una mano salió de la oscuridad del recién descubierto pasadizo y me haló hasta caer de rodillas en medio de la desorientación que solo la ausencia más profunda de luz logra causar en los sentidos.

Sentí dos manos que me tomaron de los hombros y comenzaron a arrastrarme en medio de la oscuridad, sin duda, eran al menos dos personas mis captores. Ni una sola palabra se ha dicho pero es obvio que la cápsula es su objetivo y que la misión para Horus está perdida. ¿Debí salir en la mañana sin tomar tiempo para descansar y esperar aquí en lugar de mi hotel? Ahora, los “hubiera” comienzan a ser la primera forma de tortura que inequívocamente descubriré este día.

Una tenue luz a la distancia comienza a darle forma a las sombras. Cinco personas forman este grupo de agentes: los dos que me llevan a rastras y tres más a la cabeza de la expedición. Lo extraño es que no logro identificar sus rangos por la vestimenta que usan.

Unos minutos más y la luz dentro del pasadizo comienza a acrecentarse y descubro que no son agentes quienes me llevan a mi destino desconocido. Son “Udyats”, como yo.

“¿Qué está pasando?”, logro decir en una voz ronca que ni yo comprendo. Hablo como si llevase años sin pronunciar una sílaba en mis labios.

“Está consciente. ¡Levantenlo!”, exclamó una voz algo familiar. “Lo sentimos señor. Pensamos que estaba desmayado por el golpe. No era mi intención halarlo con esa fuerza. Tomamos nuestras precauciones. Lo lamento, señor”, explicó la voz de la Brigadier Antlia.

La mirada de los cinco del grupo era una mezcla de nervios, temor, premura y adrenalina, la cual creaba un coctel de incertidumbre que llenaba el espacio completo del pasadizo que recorríamos.

“Pero, ¿por qué el atropello? ¿por qué no simplemente dejarme ingresar al túnel y ya?”, pregunté con tono alterado en medio de mi confusión, mientras que mis ojos se terminaban de ajustar a la intensidad de la luz que ahora inundaba el pasadizo.

“Señor…”, comenzó el oficial Propus.

“¿y qué es todo eso de ‘señor’?”, le interrumpí.

“Señor”, retomó Antlia, “Horus cayó. Usted es el líder de nuestra unidad ahora”.

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