Una tarea aburrida, monótona, trivial e incluso molesta para algunas personas. Para mí, parte esencial de mi rutina de desestrés, distracción y conexión con todo lo que realmente indica quién soy y cómo me gusta el mundo en el que vivo.

Limpiar mi habitación es una manera de encontrarme con las cosas que he adquirido, las cuales representan una etapa de descubrimiento en mi vida, otras, son los caprichos de mi gusto por la cultura pop, los cómics, y todo lo relacionado con memorabilia de películas de cine y la televisión.

Sin embargo, entre cajas, polvo, discos, figuras de colección, y una montaña de recuerdos, encuentro un anillo que nunca antes había visto entre mis posesiones.

La argolla tenía un cierto estilo “steampunk“, llena de engranajes, aperturas y relieves que le daban una apariencia de estar incompleta, pero que a la vez, le otorgaban una vibra de objeto “rudo”, como de mi época más roquera, cuando por primera vez descubrí los acordes de Pink Floyd, Metallica, Slipknot, Cream, Iron Maiden y otras bandas de la vieja escuela del rock y el metal.

Fue entonces que decidí dar por concluido el debate en mi cabeza sobre el origen del anillo y establecí que era lo más lógico que esa joya había sido parte, en algún punto de mi adolescencia, de mi vestimenta pero que con el paso del tiempo llegué a olvidarla.

Coloqué el anillo cerca de mi reloj y mi billetera, lo cual, automáticamente representaba un “ascenso” para la argolla, ya que, todo lo que ponía cerca de mi billetera se transformaba en pieza de viaje para mí. Es decir, algo que me acompañaría cada vez que saliera de mi casa. Ahora, el anillo será parte de mi vestimenta diaria.

Esa pequeña argolla olvidada se convertirá en mi conexión con un pasado cargado de buenos recuerdos que podré liberar cada vez que alguien pregunte por el nuevo aditamento en mi vestir diario. Las experiencias de ese tiempo pasado me acompañarán siempre y el anillo será la chispa que inicie mi viaje a ese pasado.

Termino de limpiar todo, de remover todo y de colocar la mayoría de cosas en su lugar original. Lo disfruto. Es la única tarea del hogar auto-impuesta que disfruto grandemente y en la cual puedo invertir horas acompañado de música a un volumen considerable.

Me siento a contemplar la misión cumplida y de paso, a pensar en mi vida. Las cosas que tengo, las que no tengo, lo que me falta por vivir, los planes; tanto los probables como las ideas más locas, lo que he logrado, lo que siento me hace falta, las oportunidades que ya llegaron y las que parece nunca llegarán. Los buenos momentos y las cosas nuevas que quiero que lleguen a mi vida.

Siento el camino perdido y la desesperación de no tener claro lo que debo hacer con lo que tengo en mis manos. En resumen, a veces meditar ayuda solamente a enredar más las cosas y causar una tempestad en la mente de cualquier hombre. Tal vez alguien dirá que es que no lo estoy haciendo bien.

Salgo de mi casa a caminar con mi mascota. El clima es un poco frío, con neblina al raz de la calle y un viento que cala en los huesos. El ambiente perfecto para caminar y despejar la mente.

Sacar a mi mascota a caminar es algo que disfruto de igual manera. Otra “tarea del hogar” para algunos, para mí, el espacio perfecto para liberarme y reencontrarme con ideas que he abandonado o simplemente puesto en pausa así como recuerdos de mis amigos y mis días cuando recorría esas mismas calles con mis ex compañeros del colegio.

Caminar y sentir la tenue lluvia caer sobre el rostro debe ser uno de los placeres de la vida, es una forma catártica de conectarse con la realidad alrededor y soñar con un futuro desconocido pero que siempre se presenta con la promesa de ser mejor que el camino ya antes recorrido.

Camino y realizo mi ruta habitual. Las mismas calles, las casas y los negocios regulares. Mi perro se comporta de forma normal, persiguiendo los gatos que se atreven a cruzar su camino y buscando atajos para completar el recorrido que de seguro ya memorizó. Todo es común y repetitivo. Amo este tipo de rutina.

Todo es como es cada noche que salgo con mi perro. Todo menos la extraña persona encapuchada que nos ha venido siguiendo desde que salimos de la casa.

Una persona que no tiene problema en permanecer dentro de mi rango de visibilidad, en no ocultarse, sino en simplemente mantener una distancia constante pero extrañamente invasiva. Esta figura me sigue. No puede ser una coincidencia que recorramos las mismas calles.

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