Heredia es una ciudad particular.

Situada casi en el centro de Costa Rica, Heredia combina el urbanismo, el capitalismo y sobretodo el cinismo de renunciar a su legado histórico y cultural por abrazar las grandes marcas que tapizan el mundo publicitario.

Fundada a principios del siglo 18, Heredia ha vivido de cerca los grandes momentos de la historia del país. Desde sus inicios, el lugar quiso marcar la pauta del acontecer nacional y la llegada de los primeros habitantes, desde Cartago, en ese entonces, capital de Costa Rica, representaba todo un titánico esfuerzo de estos improvisados “colonos” que dejaron la comodidad de la capital por el desconocido territorio que, en ese entonces llamaron Cubujuquí.

Conocida como la “cuna de la educación” en Costa Rica, ya que, fue aquí donde se instauró la primera escuela de preparación para maestros en el país, en 1838.  Este título de “cuna de la educación” es más que un sobrenombre, un lema o incluso un simple motivo de alarde de los heredianos ante sus vecinos de las otras provincias, de hecho, es una Ley de la República que declara a Heredia acreedora a ese título.

Es por esto que a algunos nos carcome lo irónico de la declaratoria al ver la ciudad descender en caída libre entre la pobreza, la delincuencia, los malos resultados académicos, los peores actos vandálicos en fechas de celebraciones patrias o religiosas.

Es irónico que la “cuna de la educación” esté dando pasos agigantados para convertirse en el “cáncer” o la “tumba” de la educación y el respeto por la herencia del país.

Escribo estas líneas para mi reportaje sobre la provincia que me vio nacer hace ya 28 años. La escribo como una asignación de mi trabajo pero también bajo la incredulidad de ver que la “hermosa” Heredia, la envidia de muchos habitantes de otras zonas del país no está nada lejos de los males, vicios y decadencia de la que todos acusamos a la capital, San José.

 La capital, San José, el centro de la vida social, el punto de encuentro de las mayores empresas en el país, y el hogar del Gobierno central encierra entre sus edificios históricos y arquitectura moderna las pestes del nuevo mundo, las cuales alejan a los visitantes de otras provincias, quienes ven San José como el punto inevitable de paso para otras regiones del país pero no como un destino para disfrutar de una gran metrópoli de mundo.

Tal vez sea la cercanía de Heredia con San José lo que ha transformado la vida herediana de tal forma; calles llenas de basura, jóvenes ociosos e incluso otros tantos con sus uniformes de colegio pero sentados en cualquier esquina fumando y alcoholizándose.

Cada día hay más bares cerca de la legendaria Universidad Nacional, uno de los primeros centros de enseñanza superior en el país. Cada día se pueden encontrar más mendigos e indigentes en las principales aceras. Día a día, es más fácil ver en Heredia el sigilo con el que las drogas se filtran, absorben y envuelven los diversos estratos de la vida social, económica de la ciudad así como los espacios públicos que una vez fueron de las familias.

Me atrevería a afirmar que vivir en esta región del mundo influye para que las drogas le ganen la batalla a la educación. Podría decir que la influencia de las barras de fútbol y el quebrantamiento de los hogares también contribuyen a ello pero la verdad es que la identidad nacional es lo que ha hecho a Heredia de una presa fácil de los vicios del primer mundo.

Lo bueno, es que también puedo escribir sobre las bellezas de la provincia, las cuales se encuentran fuera del concreto que cubre la ciudad central. Esas bellezas que no están manchadas por las señas de las barras de fútbol, que cubren las fachadas de los principales edificios, cubiertas en aerosol multicolor.

No soy enemigo del aerosol. De hecho, en algunas de las calles se pueden apreciar verdaderas obras de arte que nacen de la noche a la mañana por la ágil mente y la rápida mano de un artista anónimo que se protege en el amparo de la oscuridad de la noche para legar a la ciudad sus artes en aerosol.

Estos grafitis han ganado terreno y ahora son parte de la cotidianeidad herediana. Por aquí y por allá nace uno por cada otro que la municipalidad o el dueño de alguno de esos edificios intenta borrar por medio de dos o tres capaz de pintura fresca.

Los grafitis son el grito desesperado de aquellos que sienten que la sociedad los empuja fuera de sus límites por medio de sus códigos de comportamiento y reglas de convivencia. La mayoría de estos grafitis son llamados de atención a un grupo social que demanda atención que quienes los dan marginado (con o sin intención).

Sigo escribiendo, camino por la ciudad y veo con una mirada más analítica las calles que me conozco desde niño. Comienzo desde la Universidad Nacional, mi primera alma mater, en la cual me gradué como profesor. Tal vez por eso el tema de la educación se meta en mi piel como una cortada que no sana a falta de un bálsamo que la recubra.

Continúo por la nueva zona de bares, cerca de la universidad. La nueva “Sodoma y Gomorra” para quienes buscan divertirse hasta desfallecer sin pensar que el tiempo marcha inexorable y las tentaciones de la juventud pueden ser las carencias de la avanzada edad.

Paso frente al Liceo de Heredia, la primera casa de enseñanza de la provincia, templo de la educación nacional, llamada en un principio “Escuela Normal”. Ahora, este lugar se debate entre los jóvenes que no quieren estudiar de día y los rezagados del sistema educativo y la sociedad que vieron en el colegio nocturno una forma de intentar mejorar sus condiciones de vida pero que la verdad, la mayoría toma las lecciones nocturnas como una vía fácil y rápida para conseguir alcohol, drogas y sexo.

Llego al parque central de la provincia y me encuentro con el sitio más bello que se puede encontrar a kilómetros a la redonda: el Fortín.

Una vieja torreta, sobreviviente de la época en la que las guerras civiles, los golpes de Estado y la existencia de un ejército en Costa Rica eran la normalidad de esta sociedad en desarrollo. Ahora, es un recuerdo de épocas donde las conspiraciones, la muerte y el derrocamiento de presidentes se gestaban en las cúpulas más acaudaladas de la provincia.

Ahora, el Fortín y el pequeño anfiteatro frente a él le brindan a Heredia la oportunidad de conectarse con sus raíces aunque para algunos pocos, ajenos a la historia que respiran día a día, no es más que “una torre con luces”.

El parque central, o “Parque Nicolás Ulloa”, nombrado así en honor a uno de los fundadores de la provincia es el punto de encuentro de todo lo que pase en Heredia. Robando el término propio de Nueva York, el parque es el “Melting Pot” de la sociedad, cultura y vida herediana. La historia, presente y pasada, del país se escribe en las paredes y calles de la provincia.

Grupos religiosos, payasos, bailarines, niños pequeños dando sus primeros pasos, niños persiguiendo palomas, los más ancianos debatiendo sobre el último partido de fútbol del equipo de la provincia, el Club Sport Herediano o quejándose de la última decisión del presidente Luis Guillermo Solís.

Ahí, el parque, el corazón que palpita vida para todos en la provincia se mantiene casi intocable desde el momento que nació, en 1797 como acompañamiento al majestuoso templo católico, en honor a la Inmaculada Concepción de María.

El fuerte calor de la mañana en Heredia me llama a dejar mis pensamientos y mi escritura a un lado y buscar refugio en alguna cafetería o heladería de las tantas que surgieron en los últimos años con el “boom” de los batidos saludables y la repostería “light”.

Decido cambiar mi ruta y en lugar de seguir al oeste, donde encontraría el Palacio de los Deportes, el estadio Eladio Rosabal Cordero y las oficinas principales de los bomberos, seguro social y cruz roja en la provincia, decido desviarme hacia el sur, donde me encontraré con los mercados, Central y Florense y el icónico cementerio de la provincia. Lugar ideal para pensar y escribir.

Al menos para mí.

Camino sobre la acera de una de las calles con más tiendas y diversidad comercial del lugar. Ventas de zapatos, ropa, farmacias, salones de patines, tienda de discos, escuela, una universidad, heladería, dos reposterías, local de tatuajes, venta de souvenirs, todo tipo de negocio tiene un pie en esas tres cuadras de negocios que culminan en el local de bicicletas de Olman Ramírez, leyenda del ciclismo costarricense quien tragicamente murió en un accidente de tránsito años después de su retiro profesional.

Al llegar a la estación de tren, justo detrás del mercado “Florense”, el más nuevo en la provincia, me detuve para contemplar la selección más amplia, variada e impactante de grafitis de toda la provincia.

Los grafitis, en este punto, dejar de ser marcas de barras de revoltosos o incluso insultos que sólo tienen sentido para los involucrados en el problema. Estas muestras de arte, libre, abierto a los ojos de cada persona que pase por ese lugar cuentan muchas historias en un solo trazo.

No sólo podría intentar adivinar la historia del dibujo, sino también la historia del artista detrás de él y el contexto social que busca llamar la atención.

Figuras de hombres de traje y corbata, maniatados, con la boca o los ojos cubiertos con leyendas de “Democracia secuestrada”; el arte de una pequeña niña en un vestido de princesa con un perro schnauzer que salta hacia ella con una mirada feroz y saliva saliendo de su hocico con la leyenda “la compañera se convierte en fiera” y abajo un guion que pone como autor de la leyenda a la “droga”.

Las imágenes varían entre protestas sociales y muestras del más puro arte urbano con dibujos de televisores de perillas, esos grandes cajones de madera de los 60’s, dibujos de latas de aerosol que dan “vida” a manos y brazos sobre las paredes de esa calle, tenis tipo “Air Jordan” en tamaño aumentado, unidas a un aro de baloncesto.

Me detuve. Me corazón comenzó a acelerarse, las manos me tiemblan, y mi mente se debate entre la incredulidad, la duda, la confusión y el deseo de actuar.

Uno de los grafitis sobre la pared mostraba la imagen perfecta de mi mejor amiga; atada de manos y pies; sangre emanando de su boca y un ojo morado.

No era solamente una similitud muy grande con ella. Era ella.

La misma ropa con la que la vi el día anterior cuando fuimos a tomar un café y le conté mi asignación para el periódico y ella me daba los últimos detalles sobre la hermosa vida con su pequeña hija. Sus ojos verdes, su cabello rubio, y las pecas de su rostro estaban ahí. El artista hizo un trabajo impecable, pero ¿qué significa ese grafiti?

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