Ella sabía que al salir de ahí sería una persona nueva. Su vida tendría que cambiar, sino el objetivo de su presencia en ese sitio no tendría el más mínimo sentido; así como el resto de su vida. Era la oportunidad única de dejar el pasado atrás, donde pertenece.

Habían pasado ya casi seis horas desde que la lluvia comenzó a caer. Las alcantarillas aspiraban al tope de su capacidad la torrencial cantidad de agua que desfilaba sobre el asfalto y el cemento de las aceras. Sobre el pavimento, los automóviles se alineaban en interminables colas de conductores y pasajeros deseosos de llegar a sus destinos, mientras que por las aceras, los transeúntes abrigados y con sus manos ocupadas en cargar sus sombrillas corrían para reducir al máximo su exposición a la fría lluvia de agosto.

Adriana miraba por la ventana del restaurante en el cual se había dado cita con su destino.

El lugar era una antigua casa de una de las familias más adineradas de las primeras décadas de vida de la capital del país. Ahora, y tras varias generaciones con antecedentes de malos negocios, excesos y malas decisiones, la exuberante vivienda había pasado a ser propiedad de la municipalidad capitalina y en uno de los remates anuales organizados por el ayuntamiento, un holandés decidió traer un pedazo de su país y sus costumbres a este nuevo país y fue así como por más de 40 años, la enorme casa era conocida como el “Holandés Errante”, fiel alusión al dueño del local y a la antigua historia marítima.

La joven conocía el lugar desde su infancia, ya que, su familia solía vivir a pocas calles del lugar, pero por motivos de estudio, ahora su historia se cuenta a kilómetros de distancia. Es más, desde su adolescencia no visitaba el lugar.

Pero ahora a sus 30 años, el pasado la ha llamado a reencontrarse con un pasado que creyó muerto. No porque ella quisiera enterrarlo, sino porque las buenas memorias que traían a su mente los eventos vividos cerca de ese lugar, generalmente se relacionaban con una vida que no podría volver a tener y eso le dolía. Le dolía más de lo que se permitía admitir.

La llamada de su mejor amigo de la infancia le pareció, además de inesperada, extraña. Esto, porque su “amigo” había dejado muy claro en su último encuentro que sus caminos iban a seguir de forma separada para siempre.

De igual forma, que él la citara a ese restaurante era aún más confuso, ya que, fue ahí donde el evento que cambió sus vidas detonó, dejando a su paso la destrucción de una mágica relación y de paso la incertidumbre de un futuro truncado para Adriana, y sus amigos, quienes los acompañaban esa noche.

Adriana recuerda muy bien ese día por más que ha tratado de borrarlo de su mente o pretender que nunca sucedió.

Habían pasado unas horas luego del cierre del restaurante, pero el holandés, Van Pier, usualmente les dejaba quedarse conversando en el corredor de la casa, ahora ocupada con sillas y mesas para los comensales. Era normal que los seis jóvenes se quedaran un par de horas más platicando luego de que el holandés les servía su ginebra especial, “receta de mi familia”, decía el hombre, que en ese entonces rondaba los 50 años de edad y se conservaba en una forma física bastante atlética para una persona cuya profesión no le demandaba tanta actividad física más que encargarse de las cajas y muebles del local.

Esa noche en particular, la rutina del holandés no varió ni la noche demostró que tuviera planes distintos a los que siempre ofrecía, los cuales eran: un firmamento cargado de estrellas, pocas nubes cubriendo el cielo y una leve brisa apenas para no morir de calor en la vieja casa, cuya construcción era mayormente en madera.

Si Adriana quería recordar algo extraño de esa noche, tal vez podría admitir que había un aura tenue alrededor de la Luna esa noche, aunque probablemente solo fue su imaginación.

Cuando ya Adriana y sus amigos pretendían retirarse esa noche, un estruendo llamó la atención de todos hacia el extremo más lejano de la calle del restaurante. Un golpe como si un carro hubiese chocado contra una pared.

Los jóvenes no lo pensaron dos veces y corrieron hacia el lugar de donde se originó el ruido pero nada de lo que habían visto en su vida los pudo preparar para la escena ante sus ojos.

Dos hombres se miraban a una distancia de duelistas del viejo Oeste. Ambos, sostenían una piedras brillantes de colores en sus manos. Sus ropas eran evidencia de que no eran de ese lugar; incluso ni siquiera parecía que fueran de esa época.

Los jóvenes se detuvieron de inmediato, confundidos por lo que se desarrollaba frente a sus ojos: dos adultos con ropa extraña y sosteniendo piedras de colores no era algo que se viera todos los días en su barrio ni de lo que ellos tuvieran noción de que pasara en otros lugares de la capital, el país o el mundo.

Sin mediar una palabra, uno de los hombres arrojó una piedra hacia los cielos mientras que con su mano izquierda, lanzaba otra directamente a quien, al parecer, era su oponente en una extraña pelea.

La piedra lanzada al cielo cubrió la calle con un resplandor cegador.

Cuando sus ojos volvieron a captar algo más que el blanco intenso de aquel destello provocado por el extraño hombre, Adriana notó que el segundo sujeto yacía en el suelo. Sin moverse.

El pánico se apoderó de los seis. Adriana podía jurar que escuchaba el latir del corazón de sus cinco amigos acelerarse al unísono pero lo que no escuchaba era su respiración, ya que, todos parecían estar respirando al mínimo para no llamar la atención del hombre que permanecía en pie.

De pronto, una luz comenzó a resplandecer, según la posición en la que estaba Adriana, desde el pecho del hombre tirado en el suelo. En ese instante, el otro tipo caminó rápida pero sigilosamente hacia su supuesta víctima y luego de “recolectar” la luz y meterla en algún lugar de su ropa, salió corriendo en la dirección opuesta de los jóvenes.

En un momento, los seis muchachos se dieron cuenta de que eran testigos de un crimen. Pero no solo un crimen, un asesinato y si algo podía ser peor que eso, uno bastante extraño y difícil de entender y aún más, difícil de explicar incluso siendo testigo oculares y a pocos metros de lo sucedido.

Casi como si pudiesen leer sus mentes, los jóvenes comenzaron a correr de vuelta al restaurante, con una expresión de terror y confusión que se replicaba en cada uno de sus rostros. Ninguno entendía por completo lo que habían visto minutos antes.

Por varios minutos solamente su respiración agitada era lo que los jóvenes podían escuchar en el ambiente. De vez en cuando, cruzaban miradas cargadas de miedo, pero aún así, ninguno se había atrevido hablar hasta que Sylvia anunció que junto a Marco, se iban para su casa.

Aunque Adriana sentía que algo debía decirse, algo debían hacer, algo debía pasar. Algo más que volver a casa y pretender que no vieron lo que presenciaron, Sylvia y Marco se comenzaron a alejar del restaurante, caminando rápidamente en dirección opuesta a la del hombre que yacía en la mitad de la calle, probablemente muerto, asesinado ante sus ojos minutos antes.

Lo que los jóvenes no sabían es que el cuerpo de aquel hombre ya no podría ser encontrado en esa oscura calle, por más que lo buscaran.

Los restantes cuatro jóvenes permanecieron en el restaurante hasta que las primeras luces del alba llegaron para cubrir poco a poco cada centímetro de la calle y cada adoquín de las aceras.

Adriana, con los ojos cerrados, esperaba escuchar los gritos de espanto de la persona que encontrara el cadáver tirado a la mitad de la calle. No obstante, cuando su amigo Stefan llamó su atención golpeándola en el hombro, Adriana levantó su cabeza para ver como el panadero del pueblo y el jefe de la policía venían caminando en dirección al restaurante con una sonrisa en el rostro, conversando casualmente como si no fuese extraño ver un muerto tirado en el medio de la calle más tranquila del lugar.

“Buenos días, chicos”, dijo el panadero.

“Hoy decidieron esperar el amanecer. ¿Celebran algo?”, preguntó el Oficial.

Cuando ninguno de los jóvenes contestó, los hombres se miraron y siguieron su camino sin mediar otra palabra.

Los cuatro muchachos intercambiaron miradas que reflejaban incluso más confusión de la que cargaban desde la noche anterior.

Adriana pensaba que no podía ser posible que su pueblo hubiese llegado al punto en el que un homicidio fuese algo tan normal que un cadáver en medio de la calle pudiese ser ignorado como si fuese una hoja de papel que el viento arroja a una acera.

Stefan fue el primero en levantarse, pero no tuvo que decir ni una palabra para que Adriana y sus otros dos acompañantes se levantaran. Tampoco era necesario que dijera hacia donde se dirigían. Era obvio que el misterio era tan que solo había una idea y un destino en la mente de esos jóvenes.

Al llegar al lugar en el que la noche anterior habían sido testigos de tan extraño enfrentamiento entre aquellos misteriosos hombres, los jóvenes descubrieron una nueva sensación, un sentimiento más allá del asombro: la incredulidad. Era imposible lo que estaba ante sus ojos. Algo que retaba directamente aquello que no los dejó dormir ni alejarse de aquel lugar durante la noche anterior. Ese algo era: nada.

Nada. No había cuerpo, no había rastro, no había lógica.

El hombre asesinado no estaba ahí ya. El cuerpo, de alguna forma, había sido removido y al parecer nadie lo notó en la mañana y mucho menos pensar que fuesen las autoridad, porque el oficial del pueblo no parecía ser un hombre acostumbrado a ver muerte y asesinatos a diario como para no sorprenderse por un cadáver en la mitad de su pueblo.

No. El cuerpo fue movido, de alguna manera, antes de que los dos vecinos caminaran por ahí en esa mañana que comenzaba a calentar con la intensidad de los rayos del sol, el cual, se elevaba aún más en el firmamento, casi como la Luna la noche anterior.

Los meses pasaron y la relación de los seis jóvenes pasó a niveles árticos. Pocas veces se veían y cuando lo hacían, el frío de su trato invitaba a buscar abrigo para evitar los escalofríos. Ya nada era lo mismo entre ellos y no lo sería nunca, ni siquiera en momentos difíciles como la muerte de la mamá de Sylvia ni en momentos alegres como la boda de Marcos. Nada más que un trato cordial, formal y socialmente “esperado”, así como para no levantar sospechas de que los seis compartían un secreto.

Secreto que ellos ya comenzaban a creer que no fue real nunca. Pero la falta de evidencia que los ayudara a sepultar esa noche en los campos fértiles de la fantasía, el “asesinato” seguía matando su relación día a día.

Es por eso, que Adriana no podía entender la invitación de Stefan, ni mucho menos porque ahí y porqué de noche. Los recuerdos de aquel extraño evento carcomieron su cordura por mucho tiempo hasta que ella sintió que lo había dejado atrás. Stefan no podía ser tan cruel como para querer, intencionalmente, que Adriana reviviera todo eso una vez más.

De pronto, un hombre se sienta en la silla que está frente a ella, al otro lado de la mesa que ocupa en el restaurante. Este hombre, con barba, con un bronceado que indica que ha pasado largas temporadas bajo el mal trato de los elementos, viste una extraña combinación de gabardina con telas exóticas que recuerdas culturas mediterráneas y orientales.

Pero, debajo de esa peculiar apariencia y los estragos del sol en su piel, Stefan, su amigo de la infancia y casi toda la adolescencia sigue ahí.

“Hola Stefan. Por un momento no te reconocí. Me asustaste y no lograba identificarte”, dijo Adriana.

El hombre la miró con un tono de urgencia en sus ojos. Stefan pausó, volteó y miró por encima de sus hombros como asegurándose de que nadie escucharía las palabras que estaban a punto de salir de sus labios.

“No me llamés Stefan. Ahora mi nombre es Alzirr”.

Leer: Escarabajos.

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