La importancia de un buen desayuno

Al fin sábado.

Luego de una semana agotadora en mi trabajo, por fin puedo abrir los ojos sabiendo que no debo dejar estas cálidas sábanas que me cubren. Hoy, no debo poner a mi cuerpo bajo el flagelo del agua cuasi congelada que baja de la ducha en mal estado, la cual he prometido reparar desde el día que también juré levantarme más temprano para hacer ejercicio antes de irme para la oficina. El agua sigue tan fría como mis tennis para correr, que aún no saco de su caja.

Me doy vuelta y estiro mi mano para alcanzar la mesa de noche, al lado izquierdo de mi cama. Ahí, junto al control remoto del televisor, el control de mi consola de videojuegos y el reproductor de música, está mi celular.

Tomo el aparato y comienzo mi rutina sabatina de ver las fotografías de las fiestas de viernes por la noche que dejé pasar y las actividades de las “agendas culturales” de los medios, a las cuales tampoco asistiré porque ya tengo una cita con mi videojuego favorito que promete ser una intensa batalla que libraré con mi compañero, el sofá.

Tiro el celular hacia los pies de mi cama y luego de hacer algunos movimientos de estiramiento, decido portarme como un adulto y tras contar hasta tres, remuevo las sábanas y me siento en mi cama.

Froto mis ojos con mis manos y al abrirlo, mis “dominios” cobran vida: videojuegos, películas, CDs de música, mi televisor gigante, los artículos de edición especial y mis libros favoritos de música cubren cada rincón de mi habitación.

A veces siento que me he dejado llevar por mis gustos y pasiones personales. Suelo pensar que todo este “mini-imperio” que lleva mi nombre se convertirá en mi mausoleo y que estoy destinado a encerrarme en este mundo, este espacio donde soy libre, donde soy yo.

¿Será que algún día encontraré a alguien con quien compartir todo esto? ¿Habrá alguien a quien le interese?

Me levanto con el pie izquierdo, del lado izquierdo de la cama, del único que me puedo salir de ella y no me preocupo. Soy zurdo. Para mí, la izquierda es mi vida. En mis dominios, la mala suerte no corre a la izquierda.

Salgo por fin de mi habitación y luego de acudir al llamado de la naturaleza, entro a la cocina. Como es sábado, no tengo que tomar dos trozos de pan cuadrado, una rebanada de queso amarillo y llenar mi jarra de café para intentar cargarme de energía y grasa calórica para enfrentar la mañana. No, hoy no. Hoy me puedo dar el desayuno de reyes: cereal con leche.

Tomo mi taza de porcelana favorita, la caja con leche, la caja con el cereal y me dirijo a la sala. Otro placer de los sábados, ya que, hoy, no tengo que sentarme en las incómodas sillitas de madera del desayunador, que logran provocar esa sensación “despachadora” que hace que uno desee tragarse el desayuno para no permanecer un segundo más, sentado en esa tortura para el coxis.

Llego a la sala, enciendo el pequeño televisor… bueno, pequeño porque el de mi habitación es gigante, pero este también es de tamaño considerable, únicamente opacado por el que yo mantengo en mis aposentos.

Abro la caja del cereal. Un cereal nuevo que mi madre compró en esta tienda asiática nueva que abrieron en el barrio. Vacío un poco de su contenido en mi taza de porcelana y luego, agrego la leche. Como toque final, azúcar. El manjar de reyes está listo.

Revuelvo el cereal y noto que las pequeñas figuras de colores que lo componen son, de hecho, letras. Detengo mi cuchara y quito la mirada del tazón para ver si logro localizar el control remoto. Enciendo el televisor justo a tiempo para el inicio de mi serie favorita sobre el extraterrestre de la caja azul.

Regreso mi mirada al tazón y leo la frase “Sal de aquí”. Totalmente legible. Cualquiera podría ver que eso es lo que dice ahí. Río para mis adentros y paso de largo ante esta curiosidad. Continúo viendo mi programa mientras agito despreocupadamente mi tazón de cereal.

Volteo nuevamente y ahora, claramente logro leer: “Ve por ella”. Miro la frase sin parpadear. Sigo mirando estúpidamente mi tazón mientras intento razonar cómo se formó esta frase precisamente cuando pensaba en ella.

Casualidad.

Miro ahora al extraterrestre en mi show favorito mientras unos ángeles de piedra lo persiguen en una nave espacial que parece haber chocado en un planeta desolado. Su única esperanza es escapar antes de que los ángeles tomen su forma definitiva y restauren su energía vital. Así como lo hago yo este sábado en la mañana.

“Ella te entiende”. Coloqué (prácticamente tiré) el tazón a la mesa que separa el sofá del televisor. Mi corazón late descontrolado. Pasamos el mar de la casualidad y llegamos al puerto de lo increíble.

Justamente pensaba que ella, la chica que me gusta, también disfruta de todo este mundo con el que he formado mis dominios. Esas películas, los personajes y sus historias. Ella las disfruta de verdad. No pretende, como muchas chicas que quieren quedarle bien a sus novios con “sus gustos raros”. No. Esta chica me entiende.

Me puse de pie y miré al tazón. Aún la frase “Ella te entiende” era legible aunque las letras se habían movido un poco por el movimiento de la leche en el tazón. Tomé el recipiente y lo puse en el plato del perro. Tal vez él también reciba su dosis de frases misteriosas.

Regreso a mi habitación. Miro alrededor y recuerdo todas las pláticas que he tenido con ella sobre series, películas y los personajes que también son parte de mi vida y pienso en lo que leí en ese tazón y efectivamente: ella me entiende.

Salgo apurado de mi habitación, me baño, me alisto y salgo de mi casa. Hoy es sábado. Pero no solamente un sábado de descanso. Hoy es el sábado en el que mi desayuno cambió mi vida. Hoy es el sábado en el cual descubriré cuánto más nos entendemos ella y yo.

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