Fue una experiencia increíble.

La adrenalina recorría mi cuerpo y mi corazón latía aceleradamente. Nadie más alrededor y las luces tornaban su atención sólo en mí. El escenario perfecto para un acto de este tipo. Los escalofríos en mi piel fueron prueba innegable de que este momento iba a marcar un antes y un después en mi vida.

Abrí mis ojos y la oscuridad se acercaba hasta donde las luces se lo permitían, el largo silencio de la noche fue interrumpido por esos inesperados y ansiados aplausos.

Este momento definió mi vida y me hizo recordar todas las veces en que mis amigos, compañeros, profesores e incluso mi familia debatieron conmigo la posibilidad de que este gran momento llegara a mi vida. Lo esperé, lo planeé y lo logré. Aquí estoy, en este escenario, bañado por las tenues luces, escuchando el aplauso más importante de mi vida.

Volteé la mirada al cielo para agradecer tan esperado momento y atraer a mí fuerzas para dar el paso adelante y dar la famosa reverencia que entregan todos los que han escuchado este aplauso en este especial escenario. Bajé la mirada, aún con los ojos cerrados, sintiendo la leve brisa en mi piel al mover la cabeza y por fin, abrí los ojos. ¿Esperarán mi reverencia para el segundo aplauso?

Comencé a inclinarme lentamente y llevé lentamente mi mano izquierda al pecho para completar la más sagrada y respetuosa reverencia de toda mi vida. Al fin y al cabo, todo lo que logré esta noche, lo hice en honor a este público tan especial. Única e irrepetible sensación en mi vida.

Me detuve al llegar a la altura de mi cintura y esperé así. Luego de unos segundos, 33 dicen quienes han recibido estos aplausos antes que yo, y quienes fueron mi inspiración para este acto, por fin escuché el segundo aplauso.

Mi noche estaba casi completa.

El acto final para lograr mi máximo objetivo de la velada era recibir el tercer aplauso. Este vendría tras pronunciar una frase. La frase que por generaciones ha vivido en mi familia y que ha causado que en el pueblo nos vean como los “bichos raros”. Pero yo les demostraré que no mentimos. Sabemos lo que hacemos y porqué lo hacemos.

“¿Lo hice bien? ¿Era lo que esperaban de mí?” dije al viento y esperé.

El silencio cubrió mis oídos y parecía que las luces cedían terreno a la oscuridad mientras parpadeaban misteriosamente. La brisa desapareció aunque el frío aumentaba aunque yo estuviese sudando.

‘clap’- El tercer aplauso llegó.

Lo logré. Culminé el ritual y demostré que la leyenda era real.

Con el tercer aplauso en este singular escenario, el kiosko del parque, pagué tributo a los tres niños que murieron ahí, en el viejo pozo que existió por décadas antes que el urbanismo y la modernidad cambiara el rostro de mi pueblo.

La adrenalina comenzó a bajar con la misión cumplida, ahora el pueblo podrá tener la certeza de que las cosechas serán prosperas por un año más hasta que en esta fecha, luego de quemar un calendario más, regrese alguien de mi familia, alguien con mi sangre y tome el escenario para entretener a los pequeños que lo único que quieren es que alguien los escuche aplaudir en el eco del viejo pozo que ahogó sus cortas vidas.

Advertisements