El frío de la temporada hacía más fácil mi caminata por la ciudad.

No todo el tiempo es cómodo atravesar aceras y calles vestido con camisa de manga larga, corbata y blazer como me gusta vestir para mi trabajo, ya que, con el calor del trópico, esta ropa es sinónimo de calor extremo, sudoración y las ganas de habitar debajo de un sistema de aire acondicionado todo el día.

Es por eso, que hoy disfruto caminar, bien vestido, vestido como me gusta, sin sufrir los castigos de la temperatura y la humedad que reinan entre los trópicos de Cáncer y Capricornio.

Otra de las ventajas del frío, es que hay menos personas caminando. Los fuertes vientos y las bajas temperaturas provocan que la mayoría busque algún medio de transporte o la cafetería más cercana con el fin de aplacar el frío que cala en los huesos si se expone por mucho tiempo a sus embates.

Una lleve llovizna me hace tiritar y nubla por unos segundos mi mirada. Cierro y abro los ojos rápidamente para aclarar mi visión y tras unos pasos dubitativos, mi pie golpeó algo que se encontraba tirado sobre el suelo.

Busco frente a mí y pude ver que el objeto que pateé era una billetera de cuero. Una inusual billetera negra con un escudo metálico de una águila sosteniendo un pergamino. La billetera estaba llena de documentos, papeles y sí, dinero.

Me agaché para recoger la posesión más preciada para alguna persona de las que deambulaba la capital como yo. Mi corazón se detuvo en el instante que noté esa fotografía dentro de la billetera. Una pequeña fotografía en tonos sepia de una bella joven que sonreía en medio de un jardín lleno de lo que parecían ser girasoles.

Una fotografía con un poder de transportarme en el tiempo a un momento en el que yo no había nacido y a un lugar que conocía a la perfección.  La joven en la fotografía era mi madre.

Aún atónito, levanté la mirada para buscar entre los rostros de los pocos caminantes que todavía se atrevían a desafiar el viento y el frío de aquel atardecer. Pero ninguna mirada parecía declarar angustia por un objeto perdido o hacer el reclamo sobre su propiedad desaparecida.

Una ráfaga de viento frío y un golpe proveniente de otro caminante que escapaba de la lluvia me trajeron de vuelta a la realidad.

Los sonidos de la lluvia, los automóviles, las voces y el viento regresaron a mí y la lluvia que se comenzaba a acumular sobre la piel de mi rostro nubló mi mirada, lo que me hizo parpadear rápidamente mientras mis pies comenzaban a reanudar su marcha.

Sin embargo, caminaba de forma automática, sin un rumbo real en la mente, ya que, olvidé momentáneamente hacia donde me dirigía. Simplemente, avancé. Tal vez por un instinto natural de protección ante la lluvia pero no porque estuviera 100% consciente de lo que hacía. Mi mente sigue procesando la fotografía.

De regreso a la lucidez, decidí buscar una cafetería para examinar la billetera que había cambiado mi día. La más cercana reunía todas las condiciones que buscaba: poca luz, apartada y lo suficientemente llena de comensales como para perderme en el anonimato que otorgan las masas.

Rápidamente, ordené un chocolate caliente, mi bebida favorita para el clima frío, y un postre salado para balancear la carga de sabores. Me senté en una esquina, lejos de las ventanas, ya que, ellas tienen la habilidad de atraer la atención de todas las miradas; de los que están dentro de la cafetería y de quienes orbitan las calles de la capital.

Luego de que la camarera del lugar comenzó a alejarse de mi mesa, tras traer lo que había pedido, empecé mi inspección de la billetera. Puse los billetes a un lado y saqué los otros papeles que se encontraban dentro de los distintos contenedores de la billetera.

Entre los documentos solamente encontré tarjetas de presentación de abogados, un doctor y la información de un local de comidas que tenía más de ocho años de desaparecido. No había datos del dueño de la billetera. Pero sí una pequeña llave.

Esta llave estaba marcada con las letras “CCR” y el número 86.

La información estaba más que clara. Ya sabía donde tenía que ir a buscar si quería algún dato sobre el dueño de la billetera y más importante, la fotografía que ahora sostenía en mi mano.

Pensé que solo una copia existía. Mi madre, con su cabello castaño, sentada en las pequeñas graderías afuera del teatro donde aprendí la profesión que me ha llevado a dar la vuelta al planeta y ver las audiencias más selectas del mundo desde la posición central del escenario.

Terminé que consumir el chocolate que había ordenado y me levanté para comenzar a caminar hacia la salida. Al llegar a la puerta, me detuve un momento y noté que la lluvia había cesado. Más personas se atrevían ahora a transitar por las calles y el sol enviaba por entre las nubes los últimos rayos. Debía apurarme si quería llegar a tiempo a la oficina de correos.

“CCR casillero 86”, pensé. La Central de Correos era un edificio antiguo en el centro de la capital. Parte del legado histórico de los padres de la república y en su momento, la única vía de comunicación entre mi pequeño país y el mundo. Otra ventaja que tenía, era que se ubica a poca distancia de la cafetería donde descubrí la llave.

Al llegar al mostrador, llamé a uno de los jefes carteros, como se les conoce, y le di mi tarjeta de identidad. Luego, le indiqué que necesitaba abrir el casillero “86”, ya que, había olvidado un paquete la última vez que lo visité.

Según la bitácora del jefe cartero, el casillero 86 había sido abierto por última vez 30 años antes, un 10 de junio. Exactamente el día de la muerte de mi madre.

Sin mediar más preguntas y con solo firmar en su gran libro de bitácoras, el cartero me acompañó hasta el lugar donde los casilleros del 70 al 99 se encontraban y por supuesto el que yo buscaba.

Le agradecí por su ayuda y esperé a que se alejara lo suficiente para abrir aquel casillero, que aunque no fuera mío, me daría las pistas necesarias para encontrar al dueño de la billetera que lo comenzó todo (probablemente el dueño del casillero, también).

Giré la llave en la cerradura de la pequeña puerta metálica y al abrirse, noté la nubecilla de polvo que se levantó cuando forcé la puerta a abrir, en lo que parecía la primera vez que alguien miraba en su interior tras años de estar cerrada.

Agité mi mano para despejar la visibilidad y saqué mi teléfono celular para utilizar su linterna y ver con claridad lo que contenía el casillero pero nada me preparaba para esa sorpresa.

Dentro del casillero no había ningún tipo de objeto.

Era una unidad vacía y al parecer, lo había estado desde la fecha en que mi madre murió.

Luego de perder, por unos minutos, mi esperanza de encontrar al dueño de la billetera, mi cerebro reaccionó antes los acontecimientos que habían sucedido y decidí preguntar al jefe cartero sobre quién es el dueño del casillero para así, dar con esta persona.

Pero, las malas noticias no dejaban de llegar.

Según los registros de la Central de Correos, ese casillero en particular estaba ligado a mi madre. Ella había sido la persona que, al parecer, retiró todo lo que había en su interior el día de su muerte, el 10 de junio, hace 30 años.

Cada casillero cuenta con tres copias de la llave. Una, pertenecía a mi madre, la segunda la tenían en las bodegas de la CCR y la tercera, la había retirado también mi madre pero nunca registró otro nombre como usuario permanente del casillero, por lo que el misterio de la identidad del dueño de la billetera no hacía más que comenzar.

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