Al son de la vida

El frío de aquel invierno aún se hacía sentir pese a que los días de primavera ya comenzaban a descontarse del calendario. A pesar de ello, la función debía continuar y para Benji, con mucha más razón, ya que, el frío reducía sus opciones de terminar el día en mejor condición que la noche anterior.

Benji era un músico callejero. Tocaba su guitarra en el metro y lo único que esperaba a cambio eran unas monedas que le permitieran comprar la comida que le diera la energía para regresar a compartir su música el día siguiente.

Sin embargo, esa primavera tan extrañamente fría hacía que menos personas se quedaran para disfrutar de su música o que menos personas viajaran en el metro, si se ponía a pensar en ello. Era inusual ver las escaleras y los pasillos tan vacíos como los veía en los últimos días.

Por años, Benji ha visitado esa misma estación y ha tocado desde las primeras horas de la mañana hasta tarde cada noche. Siempre, esperando por esa última moneda que le ayude a redondear su día y saber que no tendrá que lidiar con una larga noche con el estómago vacío.

Varias veces había intentado salir a conseguir un empleo que le diera una mejor calidad de vida, pero al parecer, el mundo no tenía un lugar para él. Una y otra vez, las oportunidades se cerraban en su cara y a pesar de contar con estudios universitarios que justificarían una buena posición en una empresa de computación o al menos una compañía de servicios de internet, nadie confiaba en un hombre de la calle.

No era su apariencia lo que hacía que sus entrevistadores lo rechazaran de entrada, ya que, tenía un amigo dentro del grupo de guardias de seguridad del metro quien le ayudó a conseguir un traje para entrevistas y se lo mantiene limpio y libre de arrugas para la eventualidad de una nueva oportunidad de trabajo.

Al parecer, sus aires bohemios y el hecho de no contar con una forma de ser “rastreado”, como un teléfono móvil (el número en su curriculum, era el de su amigo, el oficial de seguridad), o algún perfil en redes sociales, actuaban más en su contra que no tener un techo a su nombre.

Benji amaba la música pero deseaba encontrar un empleo. No quería regresar a su país derrotado. No quería regresar a su familia cargando la vergüenza de ser un desamparado. Aunque la música era su verdadera pasión, y lo único que lo alejaba de tomar la decisión de rendirse y saltar a las vías del metro, sentía que tampoco era lo suficientemente bueno para vivir de ese arte.

Lo malo, es que, según sus entrevistadores, tampoco era lo suficientemente bueno en la profesión en la que invirtió cinco años de su vida y los ahorros de su familia.

Esa noche, Benji volvía a repasar en su mente todos sus sueños rotos. Volvía a escuchar esas voces que le decían que era un fracasado y el frío que se colaba por su ropa, le recordaba la realidad en la que se había metido por pensar que triunfaría en un lugar lejos del amparo de su padre, el millonario.

Esa noche, Benji consideró ir la mañana siguiente y vender su guitarra, rendirse y regresar a casa. Agachar su cabeza y someterse a la voluntad de su padre. Resignarse a vivir la vida de la cual había huido hacía ya casi ocho años.

No obstante, cuando ya se preparaba para abandonar la estación y buscar un espacio en el refugio para desamparados más cercano, un grito llamó su atención.

El gritó asustado de un hombre hizo eco en los ahora desérticos pasillos de la estación. Benji corrió hacia donde pensó estaba la fuente de aquel sonido y al llegar a las vías del tren pudo ver a un hombre, sentado tranquilamente, en una de las bancas de aquella estación.

“¿Se encuentra bien? le preguntó mientras se acercaba mirando de derecha a izquierda las vías del tren para confirmar que no hubiera nadie en peligro, abajo en el paso de la máquina.

“Sí. Fue solo un susto. Perdí el balance y…”, dijo el hombre sin concluir su idea. El llanto lo invadió y no pudo continuar.

Sorprendido, Benji se sentó a su lado y lo miró por unos minutos mientras decidía si le hablaba o si lo mejor era buscar ayuda.

“La verdad”, retomó aquel hombre, “es que soy un cobarde. Vine aquí para ponerle fin a mi vida y no pude. No me atreví”.

El frío que recorrió la espalda de Benji no era aquel frío invernal rezagado que había decidido hacer de la primavera también su hogar. No, este frío era el que se sentía al estar ante la presencia de la muerte.

Benji no sabía que hacer. Él, como aquel hombre, también pensó varias veces en utilizar el tren como su vía de escape. Un escape sin regreso.

Lo único que se le ocurrió hacer, fue comenzar a cantar. Una dulce tonada que hablaba sobre días mejores; los días de antaño que mueven al hombre a luchar por aquellos sueños de niño y los días del futuro que junto con la esperanza, dibujan un mundo lleno de infinitas posibilidades.

El hombre, al escuchar a Benji, se comenzó a sentir más tranquilo. Se recostó en la banca y dejó de sollozar. Luego de unos 30 minutos, miembros de la seguridad del metro llegaron y Benji les contó lo sucedido. Sorprendidos, los oficiales se pusieron en contacto por medio de sus radios con los equipos médicos en la superficie y se llevaron al hombre a la salida de aquella estación y lejos del llamado de la muerte.

Unas semanas más tarde, Benji llegaba a su habitual espacio para comenzar a tocar su guitarra. No obstante, alguien había ocupado su lugar.

Esta vez no era otro músico callejero intentando disputarle el mejor espacio para recibir las monedas de los visitantes. No. Era aquel hombre. El hombre que casi pierde su vida durante la noche en la que Benji casi se daba por vencido de la suya.

El hombre agradeció a Benji por salvarle la vida, ya que, según sus palabras, su canción le hizo recordar el porqué de su misión en este mundo. Le hizo recordar sus sueños de la infancia y la lucha que tuvo que dar para conseguir sus metas y que no podía rendirse aunque el obstáculo que tenía por delante esta vez, fuera más difícil que los anteriores en su vida.

Benji le dijo que no debía agradecerle, que no era necesario pero el hombre insistió en que el destino había preparado este momento para ambos.

El sujeto se identificó como un extranjero, que al igual que Benji, había llegado a ese país con el reto de ser alguien y lo había logrado. Pero ahora, su vida no era solo suya, sino que se la debía al hombre que dejó botado lo poco que tenía por acudir a un desconocido, sin pensarlo dos veces.

Es por esto, que ese hombre, dueño de una casa disquera, estaba dispuesto a darle a Benji una oportunidad de convertirse en la voz de esperanza de aquellos que han perdido la fe en el prójimo, en la vida y en sí mismos.

 

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