Casablanca en el balcón

Ericka sentía que debía apresurarse. Algo en su corazón le indicaba que su mejor amigo, el gran apoyo de toda una vida… bueno, desde que se conocieron en la universidad, 15 años atrás, no estaba sintiéndose bien. Una fuerza oscura lo rodeaba.

Regularmente, pasaban días sin comunicarse. Era normal entre ellos hablar, dejar de hablarse, volver a hablar y así sucesivamente. Sin embargo, Ericka pensaba que esta vez algo diferente había acontecido.

Su amigo Leo era una persona normal. No era el gran fanático de las redes sociales ni de socializar, pero sí tenía sus perfiles y sí salía de vez en cuando. Eso sí, su personalidad le había llevado a mantener una vida de comunicaciones limitadas y no muy constantes. Tal vez, era por eso que sintió normal no saber de él por días. Pero ahora, sus mensajes crípticos en sus perfiles de redes sociales no eran algo que ella llamaría “típico Leo”.

Antipático. Esa era la palabra que los amigos de Ericka tenían para describir a Leo. Sin embargo, ella sabía que Leo simplemente no era amigo de todos y que era más seco y directo de lo que muchos toleran hoy en día.

Para ella, Leo siempre tenía un lado diferente de su personalidad. Leo era un caballero en armadura brillante cuando se trataba de defenderla, ayudarla, apoyarla o simplemente alegrarle el día.

Su actitud hacia ella incluso provocó un gran conflicto entre ella, sus amigos y una pareja que Ericka había tenido.

Por mucho tiempo, Leo insistía que “algo en él” le decía que su novio no era bueno ni para ella, ni bueno en general. Leo le decía que “él sentía” que algo andaba mal con quien ese entonces era su pareja. Sin embargo, para sus amigos, ese algo no eran más que celos. Según ellos, Leo estaba secretamente enamorado de ella y que haría y diría lo que fuese para terminar la relación que ella tenía.

Ericka no sentía que fueran celos, pero sí se negaba a darle la razón a Leo basada en algo que “él sentía”. Para ella, eso no era suficiente evidencia de que hubiese algo malo con su novio.

Pero fue el tiempo el que le dio la razón a Leo. Lo extraño de todo, es que aunque las intensiones de Leo hayan sido buenas, eso no hizo que sus amigos lo vieran con otros ojos. Más bien, la separación entre los amigos de Ericka y Leo fue total. Ya no había espacio ni para los saludos casuales o las sonrisas hipócritas. Él desprecio era mutuo entre ambos “bandos”.

Ericka veía pasar frente a sus ojos los momentos más importantes junto a Leo mientras conducía desde la casa de Leo hacia la cabaña en los bosques aledaños a la ciudad donde los Casablanca tenían una enorme propiedad que utilizaban para salir de la ciudad, casi todos los fines de semana.

Ericka recordaba las salidas espontáneas, los bailes, las graduaciones de ambos, las celebraciones de navidad y año nuevo en la casa de uno o el otro, los paseos, los viajes, las noches de estudio, los malos noviazgos, las mascotas perdidas, los triunfos alcanzados. Todos esos momentos inundaban su mente conforme pasaban las millas bajo las ruedas de su vehículo.

Por cierto, fue Leo quien la apoyó cuando decidió comprar ese auto. Le asesoró, y la acompañó a sacarlo de la agencia pese a que sus padres no estaban muy convencidos con la idea de que su única hija tuviera su primer automóvil sin haber aprobado el examen para la licencia de manejo.

Entre todo lo que pensaba, también sentía culpa. La culpa de no haber estado al lado de su amigo cuando las negociaciones que su padre le había encargado fracasaron. Los Casablanca querían comprar una nueva empresa para su colección de industrias en las que tienen alguna operación. Pero todo se vino abajo sin que Leo lo pudiese evitar.

Podría ser que ese golpe hiciera que Leo quisiera acabar con todo para no enfrentar a su padre cuando él le pidiera explicaciones de porqué Industrias Casablanca no era unos millones de dólares más valiosa.

Sumida en sus pensamientos, Ericka apenas tuvo tiempo de girar en la desviación que la llevaba a la cabaña de los Casablanca. Por poco, hubiese tenido que continuar por la autopista por unos cuantos kilómetros más, lo que le hubiese hecho perder más tiempo. Tiempo que para ella, podría ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Solamente un par de millas la separaban de salvar a su amigo. Aunque los demás no lo comprendieran, Ericka sabía que Leo era una persona compasiva, cariñosa y alegre. No importaba que él se escudara en un aura de secretismo, sarcasmo y apatía su condición natural era una muy distinta a la que proyectaba.

Ericka frenó de repente. Se quitó el cinturón de seguridad de inmediato y salió del carro sin voltearse a cerrar la puerta. Lo que veía ante sus ojos le sorprendió a un nivel de terror al que nunca se había enfrentado.

Leo estaba balanceándose por encima de la baranda del balcón de aquella cabaña. Si caía de ahí, el impacto sería fatal. Tal vez, por eso era que Leo estaba ahí.

“¡No lo hagas!” gritó Ericka y comenzó a correr hacia la cabaña. Intentó abrir la puerta pero estaba cerrada desde dentro. Su corazón latía fuertemente y su pecho le dolía por el esfuerzo. Comenzó a empujar la puerta, pero no había forma. No se abría.

De pronto, la puerta se abrió y Ericka casi cae a los pies de Leo, quien, con el ceño fruncido y una expresión de desconcierto, había abierto la única entrada a la cabaña.

“¿Qué haces aquí? ¿Por qué el escándalo? ¿Sucedió algo?”, preguntó Leo confundido por la inesperada visita de su amiga.

“¡Eso debería preguntar yo! ¿Qué haces aquí? ¿Qué hacías en la baranda del balcón?”, le respondió Ericka con la adrenalina al tope y el corazón latiendo incesantemente. Ericka apoyaba sus manos en sus rodillas intentando recuperar el aire que había perdido corriendo desde su automóvil y tras intentar tumbar la puerta con su cuerpo.

“Aquí vine a descansar unos días después de lo que pasó con las negociaciones y estaba en el balcón intentando agarrar unas manzanas rosadas que están colgando de la rama que pasa cerca de la baranda. Es que acaso pensabas que yo iba a…”

“Has estado muy extraño últimamente. Pensé que con lo del negocio y lo que escribiste en Facebook, habías venido aquí para hacer algo estúpido…”

“De verdad que no me conoces. Porque otras personas publiquen su vida completa en redes sociales y pasen lanzando indirectas al aire con citas que se encuentran por ahí, no quiere decir que yo haga lo mismo”, dijo Leo.

“La imagen que publiqué, era para mí una broma. Casi sarcasmo. No esperaba que alguien lo tomara literal”, agregó Leo mientras caminaba hacia el balcón de la cabaña con una taza de chocolate en la mano. “Y sí, le di ‘like’ a una marmolería, pero era porque mis padres necesitaban cotizar unos arreglos en el mausoleo de la familia.”

“Además, si hubieras ido a mi casa primero, mis padres te habrían dicho que me vine para acá y que todo está bien conmigo. Ellos tienen el número telefónico de esta cabaña y hubieras hablado conmigo por teléfono”, dijo Leo casualmente, lo que comenzó a molestar a Ericka. Esa tranquilidad de su amigo, mientras ella venía imaginando lo peor.

“No soy tonta. Fui a tu casa. Pero tu hermano…”

“Mi hermano es un idiota y lo sabes. De seguro ni recordaba que yo estaba aquí. Él anda en su mundo, siempre”, le interrumpió Leo.

“Él sí me dijo que estabas aquí, pero no que te podría haber llamado desde tu casa”, comentó Ericka con un tono de molestia ya notorio en su voz. Molesta por la reacción de Leo y con ella misma por no pensar en preguntar si había un número donde llamar enllugar de conducir hasta ahí.

Leo no respondió más, se contuvo y comenzó a observar la silueta del lago que brillaba bajo la luz del cuarto creciente. Ericka, no encontraba las palabras justas para continuar la conversación. Su mente viajaba entre la vergüenza de haber visto cosas que no existían, exagerar, incluso. La pena de haberse dejado llevar por las redes sociales sin siquiera pensar en que por 15 años si algo describiría a Leo sería el “sarcasmo”.

Sin embargo, también sentía su enojo aumentar. Enojo al ver que Leo se hiciera el ofendido cuando ella había manejado por horas, pensando los escenarios más desgarradores, muerta de preocupación por su amigo.

“Eres un idiota, ¿lo sabes?”, dijo Ericka caminando hacia el balcón con el ceño fruncido y los puños apretados. “He manejado por horas porque creí que necesitabas ayuda y así me lo agradeces.” Su rostro comenzaba a enrojecerse y sus puños se ponían cada vez más blancos por la presión que estaba aplicando, la cual cortaba la circulación de la sangre.

“Discúlpame, no quise ofenderte”, replicó Leo. “Solamente que pensaba que de todas las personas del mundo, tú eras la que más me conocía y la que nunca creería que yo haría algo tan estúpido como suicidarme o algo así. De verdad, pensé que me conocías más.”

Ericka no respondió. Giró rápidamente y regresó a la cabaña. Sabía que Leo era su mejor amigo y alguien con quien ella podría contar siempre. Pero hoy, se comportaba como el cretino que todos sus otros amigos siempre le habían dicho que era.

La chica se sentó en el viejo sofá frente a la chimenea y cruzo sus brazos, aún con el ceño fruncido, intentando recordar en qué momento fue que tomó la estúpida decisión de salir a buscar a Leo, al mal agradecido de su mejor amigo.

“¿Recuerdas cuando te decía que tu novio era un patán, un mujeriego y tras de todo, que probablemente andaba metido en algo malo?”, le dijo Leo desde el balcón.

Claro que Ericka lo recordaba. Fue desde ese instante en el que ella decidió confiar ciegamente en él y no tanto en sus amigos.

“Lamentablemente, tuvo razón. Lamentablemente, digo, porque sufriste por ese tipo. Pero me alegra haber sido quien te demostró que ese sujeto no valía nada y que no debías perder tu tiempo con alguien así. Incluso, si eso me hizo el enemigo número uno de tus otros amigos. Esos amigos que no aceptaron nunca que se equivocaron y que solo porque a ellos les convenía llevarse bien con ese tipo por su dinero, nunca les interesó que te estuviera engañando de esa forma. Porque aunque lo nieguen, yo sé que ellos sabían todo lo que él hacía. Por eso me odian, porque no pueden aceptar el hecho que son unos miserables”, dijo Leo caminando del balcón hacia la chimenea donde arrojó un par de trozos de madera para avivar las llamas.

El enojo que Ericka sentía se comenzó a disipar y empezaba a ver el Leo que ella conocía. El Leo que al parecer sí conocía bien. Aquel que no le importó ganarse el desprecio de todos sus amigos y por un tiempo, el de su familia con tal de demostrar que su novio era un tipo que se dedicaba a meter drogas sintéticas a fiestas de clase alta. Algo que Ericka jamás pensó posible. Algo que solo en las series de televisión podían suceder. Bueno, ahí y a ella.

“Creo que tú, sobre todas las personas, sabe que las redes sociales engañan. Por mucho tiempo te lo dije y ahora, parece ser otro tipo de ejemplo del mismo argumento: no creas todo lo que ves ahí. Pero nunca dejes de creer en mí. Yo nunca me rendiría tan fácilmente”, agregó Leo volteándose hacia Ericka quien limpiaba las lágrimas que comenzaban a rodar por sus mejillas.

“Espero que no te enojes conmigo y no quiero que esto se sienta como un momento ‘te lo dije’ pero si quiero que me mires y entiendas que de todas las personas, tú serías la primera en enterarse si algo malo me pasa” continuó Leo en un intento por confortar a Ericka.

Ericka respiró profundamente y dijo: “Ni tú ni nadie van a cambiar el hecho que me preocupe por la gente que quiero, así que acostúmbrate, idiota.”

Leo sonrió y regresó a atizar el fuego. Ericka se estiró a su izquierda para tomar una almohada que yacía sobre el descansabrazos del sofá y se la arrojó a Leo, golpeándolo en la espalda.

“He manejado por horas, así que lo mínimo que vas a hacer por mí es dormir en el sofá”, dijo Ericka sonriendo mientras caminada hacia la cocina para servirse un poco de chocolate caliente.

“No es mi culpa que creas todo lo que lees en redes sociales. Deberías tener un poco más de criterio propio, sabes…”, le comentó Leo en tono jocoso.

Ericka le hizo un gesto obsceno con un mano y caminó hacia el balcón. Leo se aseguró que la chimenea estuviera cerrada y arrojó el almohadón de vuelta al sofá donde pasaría la noche. No lo iba a aceptar frente a ella, pero la verdad es que sus publicaciones y pasar más incomunicado de lo normal sí habían sido una prueba para saber en quién podía confiar y su corazón se llenó de paz al saber que Ericka no lo había defraudado.

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