Las cuatro lunas (Segunda parte)

Las semanas pasaron y la fuerza del destino que nos puso en el mismo camino una vez más pero con un propósito distinto, nos enseñó a creer una vez más en un sentimiento que habíamos dejado guardado, con recelo, en lo más profundo de nuestro ser y de nuestras agendas.

El amor florecía sin que supiéramos su intensidad, aún sin saber su duración pero con la certeza de que está escrito para nosotros y será disfrutado por nosotros como una forma de agradecer los giros de nuestras vidas.

Una nueva noche llegó y antes de que diéramos un paso más para formalizar nuestra relación recién nacida, nos fuimos a disfrutar de la refrescante brisa de febrero que mantenía el cielo casi libre de nubes y a las constelaciones apareciendo en el firmamento como un desafío permanente a la luz invasora de la ciudad de Heredia.

Nuestra velada comenzaba como muchas otras: caminamos de la mano, conversando sobre nuestros días en el trabajo, la familia e incluso algún otro tema pendiente del cual estuviésemos discutiendo por medio de mensajes de texto durante el día.

Al llegar al histórico Fortín, recuerdo permanente de los tiempos de guerra en Costa Rica, nos sentamos en el pequeño anfiteatro que yace a los pies del Fortín con la idea de seguir descubriéndonos y alimentar los sentimientos que crecían sin cesar dentro de nosotros.

Las horas pasaban y el momento de partir llegó. Ahí, mecidos por una brisa, ahora fría, nos dimos cuenta que el cielo seguía igual; sin nubes y lleno de la antigua luz de las estrellas, lo que nos permitió percatarnos de algo sumamente importante: eramos testigo de nuestra tercera luna.

El cielo carecía de luna, lo que significaba que estábamos en la presencia (o no presencia) de la luna nueva. En nuestra primera salida la luz de la luna nos abrazó y nos arropó a pesar del frío que hacía estremecer los huesos. Sin embargo, esta noche, la ausencia de esa luz de luna también la recibimos como una bendición al estar más cerca de nuestra primera promesa.

Solamente una luna hacia falta para completar nuestra primera promesa como pareja. Ya habíamos sido cubiertos por la luz de la luna llena en el propio primer día que salimos juntos y la chispa del destino comenzó a vibrar. También, el cuarto menguante quiso ser parte de nuestra alegría unas semanas después.

Caminamos por las calles de la ciudad hasta que la dejé en la puerta del taxi que la llevaría lejos de mí hasta el fin de semana o hasta que nos pusiéramos de acuerdo para vernos de nuevo.

Cargado de felicidad, con una noche fría y con la misión de llegar más rápido que el autobús a la segunda estación en la ciudad, ya que, el bus salió justo antes de que pudiera abordarlo, caminé, casi corriendo, hacía esa segunda parada.

Mientras caminaba, la película de la noche que tuve junto a ella se reproducía en mi mente y me era inevitable sonreír. Las emociones volvían. Los detalles y las palabras que nos dedicamos se reflejaban en la sonrisa en mi rostro. Pero, toda esta felicidad provocaba que no notara algo importantísimo que se reflejaba en mi rostro y prácticamente en todo el cielo herediano: la luna llena había aparecido.

No estábamos en la semana de la luna nueva, simplemente, la luna apareció más tarde esa noche. Sólo yo fui testigo de su aparición, ya que, mientras caminaba, me llegó un mensaje de texto de ella donde me confirmaba que ya estaba sana y salva en su casa.

Llegué a la estación y a pesar de la distracción que me provocó percatarme que la promesa seguía en el mismo punto en el que estaba semanas atrás, conseguí ganarle al autobús que, atrapado en los embotellamientos de Heredia, no fue rival para mis atajos, herencia de 27 años de caminar por tierras heredianas.

Llegué a casa y tras conectarme al wifi, llegó la hora de confesar a la mujer que cambió mis noches y me permitió creer otra vez en un sentimiento que daba por muerto y derrotado, que nuestra tercera luna no llegó y que la promesa queda tan lejos como estuvo antes de esa noche.

“Sí, la vi. Lo que pasó es que salió tarde”, le escribí.

“Bueno, tendremos muchas noches para cumplir nuestra promesa”, respondió ella, con lo que llegó a mi corazón una sensación de esperanza y motivación al saber que en sus noches por venir, ella tiene un espacio para mí.

La tercera y cuarta luna llegaron. Semanas después. Incluso, una repitió en la noche en la que me llevó a conocer a su familia y me llevó de la mano a entrar en su vida de forma oficial.

No obstante, la noche de la luna nueva falsa es sumamente importante para nosotros, ya que, nos enseñó que las promesas hechas con el corazón se completarán porque la misma naturaleza pura de su creación permitirán que se alcance la meta prometida.

La “falsa luna” nos enseñó que el camino estará lleno de opciones “rápidas” y “atajos” para la felicidad que no son más que ilusiones que pueden desdibujar lo que el corazón realmente añora, por el mismo hecho de que añora con la esperanza ciega de alcanzar hoy lo que solo con el tiempo tendrá un valor infinito, en nuestro caso: la búsqueda del amor.

La promesa se cumplió. A su tiempo, no al nuestro. Nuestra misión fue no olvidar lo que una vez nos prometimos y estar atentos a las señales, tanto las que nos acercaban a nuestra meta como las señales de aquello que nos quería distraer de nuestro objetivo.

Es así, y con la enseñanza que nos dejó esa “falsa luna”, que decidimos, juntos, lanzar al viento nuevas promesas. Promesas de amor, promesas de compañía, de solidaridad, de apoyo, de metas, de trabajo por lo que una noche de luna llena comenzó y cuyo final no tiene fecha.

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